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viernes, 20 de abril de 2018

No me gusta que al fútbol te pongas la estelada






No me gusta que al fútbol te pongas la estelada…
(Parafraseando a Manolo Escobar, gran barcelonista)


En estos tiempos tan convulsos, se oye por todos lados esa especie de verdad revelada que reza “No hay que mezclar fútbol y política”.

Y yo me pregunto : ¿Por qué no?

En serio, me gustaría encontrar algún razonamiento, por pobre que sea, que sustente esa afirmación. Pero a quienes la pronuncian les debe parecer tan obvia que se ahorran las explicaciones. Hala, otro dogma más del “sentido común”.

Lo cierto es que el deporte y la política son buenos amigos, de esos con derecho a roce. No creo que haga falta recordar que el fútbol, inventado por los ingleses en el siglo XIX, jugó un beneficioso rol para las empresas. Las pachangas entre empleados servían para estimular el espíritu de equipo y la fidelidad a la empresa.

No hay que ir tan lejos en el tiempo. ¿Por qué la deuda de los clubes de fútbol con Hacienda sigue arrastrándose por los campos como hace el pobre André Gomes? ¿No sería deseable, para las cuentas públicas, que Hacienda aplicase más celo en cobrar las deudas de los clubes? No, claro. Sea por la paz social.

Luego están los que ven la estelada en el ojo ajeno y no la rojigualda en el propio. ¿Acaso la final de la Copa del Rey no es un acontecimiento, además de deportivo, eminentemente político? La solemnidad del acto, el Rey, las autoridades, el himno nacional… Todo ello son elementos que forman parte de lo que Michael Billig denominó nacionalismo banal.  Una  expresión para referirse a ese nacionalismo sutil, apenas perceptible, cotidiano, ya interiorizado. Ese goteo continuo que utilizan los Estados nacionales. Todos, incluso los que no tienen que lidiar con otros nacionalismos internos.

¿Nadie se ha preguntado por qué en tiempos en que cada vez son más los partidos en PPV,  la final de la Copa del Rey es televisada siempre en abierto? Lo mismo vale para los encuentros de la selección nacional.

Así que los poderosos, los defensores del statu quo, son los primeros que utilizan el fútbol, y el deporte en general, para afianzar sus ideas (sociales y políticas).

No sé exactamente por qué (tal vez, en parte, herencia del franquismo y en parte desafección a la clase política), pero expresiones como “estar politizado” o “politizar algo” producen urticaria en muchos ciudadanos. Me parece que no son conscientes de que la salud democrática de una comunidad depende en gran medida de un elevado grado de politización de sus habitantes.

Volviendo al tema inicial, y más allá de la frase lapidaria que encabeza esta reflexión, lo cierto es que la persecución al nacionalismo catalán – y no solo en el fútbol- cabe enmarcarla en un contexto mayor de persecución a la disidencia política. No nos levantamos un día sin una nueva detención de un twitero, un rapero o un titiritero.

Estos días, los medios de comunicación españoles dedican más tiempo a hablar de la posible pitada al Rey y al himno nacional que a cuestiones meramente deportivas. Ellos también están muy politizados. Lástima que sus discursos defiendan posiciones contrarias a los intereses de la mayoría.





miércoles, 6 de septiembre de 2017

Lo que pasa en Catalunya...




Hace unos días  estuvimos con una pareja de amigos de Salamanca que vinieron a Gijón. Cuando el sol ya se había puesto y nuestra conversación languidecía con el día, Zacarías me preguntó: ¿y tú qué piensas de lo de Cataluña?  Te voy a dar mi opinión –añadió casi sin respiro- a mí me parece que allí se quieren montar su propio cortijo unos cuantos…

Resoplé. No es que no quisiera hablar del tema, es que era sabedor de que dijese lo que dijese, no me entenderían. No lo entenderían. La frase de mi amigo no es original; se trata de uno de los leitmotivs del discurso dominante, como diría Javier Ortiz, al sur del Ebro.

Empecé mi alegato y ella enseguida desconectó. Él me escuchó todo el tiempo con respeto pero con recelo, o eso me pareció.

Uno tiende a pensar que con la palabra razonada es posible persuadir al otro de casi cualquier cosa, pero la realidad es obstinada y te muestra repetidamente cuán difícil es que los humanos cambiemos nuestra manera de pensar. Nos sentimos más seguros guarecidos en nuestra covacha de ideas.  Somos demasiados perezosos o miedosos -o ambas cosas- como para exponernos a la intemperie, donde quién sabe qué rayos de ideas podrían caernos encima. He ahí la primera dificultad: salir de la caverna y cuestionarnos nuestras propias opiniones.

Vayamos a por la segunda. Hablar de nacionalismo cuando se parte de sentimientos distintos es muy delicado. El discurso lo controlan más nuestras emociones que nuestra capacidad de razonamiento. Por ello no suelen conducir a un entendimiento.

El tercer escollo -casi insalvable- es el hecho de estar expuestos permanentemente a determinados discursos e intereses. Mientras que en Catalunya (también en Euskadi) coexisten dos discursos -y sus matices-,  en el resto del Estado sólo existe uno. (Bueno, para ser justos hay que admitir que hay dos: el que no quiere oír hablar de más nación que la española –claramente hegemónico- y el que tímidamente y con la boquita pequeña balbucea algo sobre plurinacionalidad o hace malabarismos con las palabras: nación de naciones,…. Los medios de comunicación - de persuasión-  bombardean a diario a ambos lados del Ebro. Pero al sur del río, sólo caen las bombas de un bando. ¡Qué aburrido, no sabéis lo que os perdéis!

La cuarta dificultad creo que es el desconocimiento. Me parece que gran parte de la población española ha aprendido una Historia esencialista focalizada en la unidad de destino de España. No diré que sea una Historia falseada, aunque lo piense, pero sí interesada, como todas, dicho sea de paso.  Pero esa orfandad de matices impide tener  una visión comprensiva (en todas sus acepciones) de la Historia de los pueblos que han pululado y siguen pululando esta península.

Una quinta dificultad viene condicionada por la cuestión económica, la butxaca. Catalunya, con un 17% de la población española y un 19% del PIB nacional,  es una de las vacas gordas del Estado: ¿quién querría desprenderse de una fuente de riqueza así?

Concluyendo,  vivir en una zona determinada de España no es determinante para tener una opinión u otra, pero, estadísticamente, me parece que es un elemento que suele condicionar esa opinión.
Todo esto,  me parece, son ingredientes que, en el común del ciudadano, han dificultado tradicionalmente el entendimiento entre Catalunya y España.

Así, cada vez que uno lee o escucha argumentos, muchas veces bien razonados, otras no tanto, defendiendo determinada postura, tengo la sensación de que nada más empezar la primera línea, nuestro cerebro ya tiene formada una opinión favorable o desfavorable del mismo. Y es que, como decía Eduard Punset con desmedido acento catalán, el cerebro no está diseñado para averiguar la verdad, sino para sobrevivir.

Me gustaría estar equivocado, y seguiré actuando como si lo estuviera. Continuaré dando mis opiniones, adaptadas al interlocutor, con la esperanza de que algún día, más pronto que tarde, nos entendamos. Debe ser cuestión de supervivencia…

Por ello, esa agradable tarde de verano, cuando el sol se había puesto, le conté a mi amigo castellano cómo veía yo lo que pasa en Catalunya.


sábado, 12 de agosto de 2017

Tourists, go home


A veces – o sea, casi siempre- cuando hojeo la prensa o escucho en los medios a algún político o periodista hablar de un tema de actualidad, siento tanta rabia que me dan ganas de llamar al tío la vara para que acabe con tanta tontería. La última: eso que han bautizado los medios como turismofobia.

Es un hecho que el sector turístico aporta beneficios económicos a las empresas del sector; que el turismo –que no los empresarios- genera puestos de trabajo (de dudosa calidad, por cierto), y que, indirectamente,  a través de los impuestos, genera ingresos en el país. También es un hecho que de no tener tanto peso el turismo, tal vez, podríamos dedicarnos a otras actividades económicas más productivas, de mayor valor añadido (pregunten a los alemanes, por ejemplo). No lo hicimos. En economía eso se llama coste de oportunidad.

Incluso admitiendo los aspectos económicos positivos del turismo, no es menos cierto que la masificación del turismo crea también problemas, y no pocos.

Por desgracia, a veces-o sea, casi siempre- hay que hacer bastante ruido para que te oigan -ya no digo para que te escuchen. Y en ocasiones algunos se pasan de la raya. No pretendo justificar esas pequeñas acciones delictivas como asaltar un autocar y hacer pintadas con frases del tipo “tourists, go home”. Pero, una vez más, echamos en falta un auténtico debate  político y mediático.

¿Qué tipo de problemas crea la masificación del turismo en las ciudades? Que se lo pregunten a los barceloneses, por ejemplo. Que se paseen por el centro de la ciudad o por el barrio de la Barceloneta. O mejor, que vivan allí una temporadita –si pueden pagarse el alquiler, claro.

Por citar solo algunos de los efectos indeseables: gentrificación, generación de residuos urbanos, sobresaturación de transporte público, molestias, encarecimiento de la vivienda y de otros productos y servicios, conversión de las ciudades en parques temáticos, etc. Y esto por no hablar del turismo a mayor escala; la actividad turística ha destruido ya gran parte del litoral mediterráneo. Hoteles, apartamentos, piscinas, campos de golf,…¡en una región seca!

Debe de haber demasiados intereses económicos en este país para que, especialmente desde la derecha, no haya un debate serio sobre el modelo turístico. El “debate”, por llamarlo de alguna manera, se limita a frases del tipo “Hay que mimar el turismo; de ello dependen los empleos de miles de familias”, Rajoy dixit. ¡Qué profundidad!, ¡qué gran intelectual se ha perdido este país!  O ese sabio consejo de Cristina Cifuentes a Ada Colau: ¡contundencia contra los violentos!

Y los mass media, claro, les siguen el juego. Así, cuando surgen voces críticas, como la misma Ada Colau, tratando de abrir un debate sobre el modelo turístico,  en seguida salen los perros de presa –de prensa- para defender a sus amos. No entran a debatir, no se mueven con argumentos. Supongo que son conscientes de su debilidad en ese terreno, así que se limitan a linchar al adversario con adjetivos supuestamente negativos: radical, antisistema, comunista, retrógrado, y otros que se venden como un pack, y que son muy útiles pues sirven para otras ocasiones.

Este es el nivel del discurso en este país; insultos, descalificaciones, señalar la anécdota en lugar del problema de fondo, y todo, en definitiva, para silenciar el debate, para acallar la reflexión. Y así  nos va…


jueves, 29 de junio de 2017

San Amancio, bueno, mártir





Ayer sin ir más lejos leí otra “Carta al director” en un diario local en la que se encomiaba la donación de 320 millones de euros del dueño de Inditex Amancio Ortega para la adquisición de máquinas contra el cáncer. En el mismo panegírico se aprovechaba –ya puestos- para despotricar de algunas voces de Podemos, que critican la donación hasta el extremo de abogar por el rechazo de la suma, sin paliativos.
El País, periódico sedicentemente progresista, aplaudía, digo titulaba: “Pacientes y sanitarios aplauden las donaciones de Amancio Ortega”. Reacciones parecidas en toda la prensa nacional.

El argumento para el rechazo es el siguiente: desde una concepción de Estado social, al que debemos tender, Amancio Ortega debería pagar esa cantidad, y seguramente mucho más, a través de los impuestos. En un Estado verdaderamente social, las donaciones, la limosna, no tendrían cabida.

El razonamiento para la aceptación de la donación es más variado: desde posiciones más tradicionalistas, donde la cultura de la limosna está perfectamente aceptada e interiorizada, hasta otras que, aun entendiendo como deseable la vía del Estado social, consideran que mientras este no esté plenamente desarrollado, las donaciones, la limosna, son necesarias. Funcionarían como uno de esos complementos vitamínicos que venden en farmacias.

El problema - uno de ellos-  del primer argumento es que no parece dar soluciones inmediatas; y a los que ahora tienen el problema  no es  de recibo decirles que deben sacrificarse en aras del progreso social.

Y el problema del segundo -uno de ellos- es el “MIENTRAS”.
¿Cuánto dura un MIENTRAS? ¿A qué unidad de tiempo es equivalente? ¿Puede un MIENTRAS erigirse en un muro infranqueable o, al menos,  en un freno? ¿Puede un MIENTRAS funcionar como desalmada coartada para los poderes públicos y para la propia población?  ¿Cuánto debemos esperar mientras…?

No veo gran diferencia, en lo esencial, entre decir que mientras no llegue el deseable Estado social son necesarias las donaciones o las limosnas, y pensar (seguramente inconscientemente), que mientras haya donaciones o limosnas, no es tan urgente luchar por el Estado social. O dicho más cruelmente,  es más fácil y menos agotador silenciar nuestra conciencia con una limosna, a manifestarnos por algo tan vaporoso como eso de ”la justicia social”. También es más sencillo aplaudir esas “generosas” donaciones a exigir cambios legislativos a los poderes públicos.

Si cultivamos la cultura de la limosna, bien sea a pie de calle –nunca mejor dicho-, o través de donaciones de fundaciones, de  millonarios o de concursos de televisión como la Marató de TV3, etc. me parece que ponemos en riesgo el avanzar en políticas redistributivas. Habrá que piense que ambos objetivos son compatibles. Técnicamente, tal vez, pero en la práctica tengo mis dudas.

Sobre Amancio Ortega, poco que me apetezca decir,  bueno, mártir y, sobre todo, explotador.

lunes, 19 de junio de 2017

El desfile



Tengo la costumbre de tomar notas de los libros que leo cuando me parece que merece la pena. Hace tiempo leí "Sociofobia" del siempre estimulante César Rendueles. En un pasaje del ensayo nos presenta la distribución de la riqueza en España como un desfile encabezado por los ciudadanos más pobres, que tendrían una estatura menor, y que finaliza con los más ricos, que aparecen como gigantes. Es una manera curiosa, casi divertida, si no fuera por lo tragedia que esconde, de presentar esta realidad. A continuación os dejo íntegramente el extracto del desfile.

"El desfile comenzaría con gente muy bajita cuya altura va creciendo lentamente. A los diez minutos las personas que pasan delante de nosotros apenas llegan al metro de altura (un salario de unos mil euros brutos). Poco a poco la altura va aumentando y al llegar a la media hora —o sea, la mitad del desfile—, la gente que pasa ya mide un poco más de metro y medio (mil quinientos euros brutos). Cinco minutos después por fin se alcanza la altura media de ciento setenta centímetros. La verdad es que el desfile es un espectáculo muy aburrido. La altura aumenta muy lentamente y son un montón de gente. A los cuarenta y ocho minutos empieza a pasar gente con aspecto de jugadores de baloncesto de hasta dos metros y medio (dos mil quinientos euros) y en los últimos cinco minutos vemos llegar a personas de más de tres metros. En el último minuto por fin las cosas se ponen interesantes. Aparece gente muy alta, el 0,5% de la población, de más de diez metros. Entre ellos Mariano Rajoy, que mediría unos quince metros Entonces pasan unos pocos miles de asalariados que en España ganan más de seiscientos mil euros al año. Primero los más bajitos, que miden unos cincuenta metros (como una piscina olímpica), entre ellos José María Aznar. Al final los superasalariados, como Alfredo Sáez, consejero delegado del Banco Santander, que gana nueve millones de euros al año y mediría setecientos cincuenta metros o el futbolista Cristiano Ronaldo, que gana un millón de euros al mes y mediría todo un kilómetro. Aun así, estas estaturas son relativamente bajas si las comparamos con las de los muy ricos, que pasarían como centellas en los últimos instantes del desfile. En este caso no hay salarios, claro. Pero si pensamos en una gran fortuna de unos mil quinientos millones de euros (por ejemplo las de Florentino Pérez o Alicia Koplowitz) que rindiera al año un modesto 4%, tendríamos una altura de cinco kilómetros, más que el Mont Blanc. Incluso si aplicamos un criterio aún más restrictivo (digamos, el 2% de rendimiento), en los últimos instantes del desfile pasaría a gran velocidad una masa inverosímil. Es Amancio Ortega, dueño de Inditex y uno de los hombres más ricos del mundo, que con una fortuna estimada en treinta y siete mil millones de euros mediría más de sesenta kilómetros y tendría dificultades para respirar porque su cabeza estaría en la mesosfera. Dicho al revés, si Florentino Pérez midiera un metro setenta, una persona normal sería como un ácaro, o sea, invisible. Si tomáramos en consideración el patrimonio, las desigualdades serían mucho mayores, al igual que si el desfile fuera mundial. Grosso modo, unas mil doscientas personas tienen un patrimonio de más de mil millones de dólares en todo el mundo, sobre una población global de siete mil millones de personas y con unos ingresos medios mundiales de unos dieciocho mil dólares."


De "Sociofobia", César Rendueles


sábado, 25 de marzo de 2017

Gijón, città aperta


Ayer Gijón era una ciudad ocupada por las Fuerzas de Seguridad del Estado. Un despliegue policial sin precedentes, al que no estamos acostumbrados por estos hórreos. La razón argüida era el supuesto riesgo para la seguridad ante un partido de fútbol donde jugaba la selección de Israel.

Veamos los antecedentes. En enero de 2016, el pleno del Ayuntamiento de Gijón aprobó con los votos de Izquierda Unidad, Xixón Sí Puede y PSOE una declaración formal denunciando la violación sistemática de los derechos humanos por parte de Israel. Pero, la designación de Gijón como sede del partido de fútbol España-Israel llevó a que el pasado 9 de marzo, el Ayuntamiento, con lo votos de PSOE y Foro Asturias, revocara el acuerdo favorable al BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones, contra la colonización, el apartheid y la ocupación israelí).

La plataforma TARJETA ROJA A ISRAEL convocó para ayer, coincidiendo con la presencia de la selección israelí, una manifestación contra el Estado de Israel.

Salvo en la manifa, yo no vi muchos policías. Se encontraban -según airearon los medios- en los sitios calientes (¡guau!): estaciones de tren, estación de autobuses y aledaños de El Molinón.  Eso sí, no pude librarme en toda la tarde del molesto kra-kra-kra… de los rotores del helicóptero de la Benemérita.


¿De verdad era necesario todo este despliegue? 

Todo me parece muy exagerado. Cada vez que se produce una de estas Mise-en-scène me cuestiono si obedece realmente a peligros reales o potenciales, o, si por el contrario, hay otras razones ocultas. A veces también me pregunto hasta qué punto los propios actores (los policías, la guardia civil,…) son conscientes de que sólo están actuando…No lo creo, a tenor del realismo de sus actuaciones. 

Vale, no siempre es teatro; a veces efectivamente nos protegen de los malos –¡por favor, que alguien me diga quiénes son los malos!-. Pero, me apostaría un guisante a que la mayoría de las veces, lo que se busca es transmitir a la ciudadanía  ciertos mensajes. Por ejemplo, presentar como peligrosos a quienes, salvo excepciones, se manifiestan pacíficamente contra el orden establecido. O, como en este caso, contra un Estado que inflige terror (¿Estado terrorista?)

En una sociedad donde todo es espectáculo, o susceptible de serlo, las demostraciones de fuerza tienen también su cometido. 

En una sociedad donde, como cantaría Serrat,  ellos dicen lo que es malo y lo que es bueno (y quiénes son los malos y quiénes, los buenos), parece, no obstante, necesario recordarlo a cada instante. Propaganda por un lado: obsérvese el tendencioso, as usual, tratamiento que periódicos asturianos y estatales han dado a la lógica respuesta de repulsa a la visita de la selección israelí. Y, por otro lado, uniformes, porras, pistolas y helicópteros para lo que no saben leer la prensa y entender el telediario. Y de paso, para enviar un mensaje a la mayoría dócil, gente de orden y de bien; no se les ocurra ni por un instante coquetear con el bando contrario.

Ayer, como era previsible, la manifestación fue pacífica. El Molinón, que se llena cada domingo que juega el Sporting, registró una triste entrada para ver a la Selección. Creo que el partido lo ganaron los buenos…





miércoles, 18 de enero de 2017

La santa espina



Resulta desolador que a estas alturas todavía tengamos que estar discutiendo temas que uno, ingenuamente, piensa que ya deberían estar superados.

La escena ocurrió hace unos días en un aula de la E.O.I de Gijón,  pero bien podría haber tenido lugar en Burgos, en Sevilla o en Cuenca. Fue hace unos días, pero la esencia de la discusión la podríamos encontrar en esos mismos lugares (y muchos otros) hace cien años, y, me temo, también dentro de otros cien, si todavía no hemos acabado con el planeta, y España sigue estando situada donde Dios la puso: en el centro del mundo, como explicaban los libros de Historia de la época franquista.

Una compañera de inglés que trabaja como profesora interina de FOL, y que está presta a seguir presentándose a las oposiciones de Secundaria allá donde se convoquen, se lamenta de que en determinadas comunidades se exija el conocimiento de la lengua propia (catalán, vasco o gallego). Yo decido tomar aire y contar hasta diez. Otra compañera suscribe esa declaración, y matiza, en un alarde de generosidad, que entendería –usa muy bien el condicional y el subjuntivo- que el conocimiento de esas lenguas sirviera para mejorar la nota del examen, sin que, en ningún caso, fuese un conocimiento exigible. Para acabarlo de adobar, perdón, quiero decir, para rematarlo, otra compañera, en lo cada vez más se asemeja a un aquelarre españolista, dice que efectivamente es injusto e inconstitucional (sic) que viviendo en el mismo país no puedan presentarse a oposiciones en esas comunidades donde hay lengua propia.

Sabedor de que mi opinión, en este contexto, está en absoluta minoría, no puedo evitar dar mi punto de vista. Para empezar, corrijo a la compañera que dijo que el resto de españoles no se podían presentar a las oposiciones en esos territorios periféricos. ¡Por supuesto que se pueden presentar! Cosa distinta es que carezcan de algunos de los requisitos exigidos en la convocatoria de empleo público. En todas las convocatorias existen siempre determinados condicionantes que no todo ciudadano español o europeo cumple. Si quieres ser juez o fiscal se te exigirá la licenciatura o el grado en Derecho, ¿alguien lo discute? ¿alguien considera ese requisito injusto o inconstitucional? No, porque no lo es.

Todo el mundo comprende que se exija para ciertos puestos una preparación específica y acreditable en un campo concreto, o un nivel de estudios determinado. Sin embargo, el tema de la lengua propia no se acaba de entender.

Creo que el problema de fondo es que en muchos españoles persiste una determinada visión de España, homogénea, uninacional, y –aunque no sean conscientes de ello- también centralista, que no comulga en absoluto que las sensibilidades nacionales de algunos territorios periféricos. Son personas que a menudo despotrican también de las Autonomías, culpables de todas nuestras desgracias. No acaban de entender que el Estado español es plurinacional, y pretenden reducir a meros particularismos locales, a  un mero colorido folclórico las lenguas, negando asimismo una historia propia de esos territorios. El catalán, por ejemplo, sería como la sardana, una curiosidad local. Lo toleran mientras lo hablen en la intimidad pero, ¡de ahí a exigir su conocimiento, habiendo ya una lengua tan común e indivisible para todos los españoles! Parece que esa es su manera de pensar…

Ante este panorama tan falto de comprensión, tan arrogante, tan arturoperezrevertiano,  ¿todavía les sorprende que haya ciudadanos de esas regiones que deseen divorciarse del Estado Español?


sábado, 3 de diciembre de 2016

Cuando las máquinas nos alcancen...
















La primera vez que vi en un supermercado uno de esos llamados cajeros autoservicio donde una máquina que, sin intervención divina ni humana, lee precios, permite pagar y devuelve cambio fue en Londres, hace ya algunos años. Cuando lo vi pensé: Oh, my God!... si esto prolifera, se destruirán muchos puestos de trabajo.

Cuando regresé a Asturias no dije nada a nadie no fuera a prender la idea.” What happens in London stays in London”.  Pero fue  inútil, poco después vi otra de esas colas rápidas en un Carrefour de Gijón.

La idea de las innovaciones tecnológicas como destructoras de puestos de trabajo es antigua. Por no ir demasiado lejos en el tiempo, a principios del siglo XIX los llamados luditas, que eran artesanos ingleses, protestaron contra la introducción de máquinas, como los telares industriales, que amenazaban con reemplazar sus puestos de trabajo. Su ira contra las máquinas los llevaba a destruirlas. Esta forma de extorsión ha sido bautizada por el historiador  inglés Eric Hobsbawm con el simpático nombre de  negociación colectiva por disturbio.

Gasolineras sin gasolineros, bancos y servicios financieros on-line, máquinas expendedoras, compras por internet (por ejemplo, Amazon)  son solo algunos ejemplos de cómo sustituir trabajadores por tecnología. En lenguaje económico, reemplazar factor trabajo –que suele ser más caro, conflictivo, enfermizo, absentista, y todo lo que ustedes quieran- por factor capital, que suele ser mucho más agradecido y limpio. 

Algunas personas, todavía con conciencia de clase, tratan de no favorecen esas innovaciones destructoras de empleo, declinando, en la medida de lo posible –que cada vez es menor- ese tipo de servicios o productos. Yo mismo evito los cajeros autoservicio, y busco constantemente el contacto humano…

Sin embargo, me parece que esa es una batalla perdida. Los luditas no acabaron con la Revolución Industrial, como tampoco los campesinos ingleses pudieron evitar que pusieran, literalmente, puertas al campo cuando se extendieron los enclosures. Por otro lado, tampoco me parece que debamos ir en contra, por principio, de la tecnología, al contrario. Me parece que las luchas sociales – e incluyo aquí el desafío de preservar el planeta- debe ir por otros derroteros.

Por ceñirme al tema puestos de trabajo-tecnología. Es cierto que en una primera etapa las innovaciones tecnológicas, no menos que otros factores, destruyen puestos de trabajo. Pero, si  estos son penosos, bienvenida la tecnología, ¿no? Por otro lado, es un hecho que las nuevas actividades crean nuevos puestos; aunque también hay que decir que existe un periodo de adaptación en el que muchos trabajadores son expulsados sin retorno del mundo laboral. Por ejemplo, durante la Revolución Industrial fueron necesarios unos ochenta años para ese reajuste.

Para la mayoría de los mortales, que ni somos ricos ni tenemos previsto serlo en breve, el trabajo asalariado se presenta, en teoría, como la única manera de sobrevivir. ¿He dicho sobrevivir? Qué triste, ¿no? ¡Yo quiero vivir!

La supervivencia en un entorno social –no en uno natural- hostil es un rasgo de nuestra época. Como bien explica Polanyi es su imprescindible “La gran transformación”, en épocas preindustriales era rarísimo que alguien muriese de hambre, a no ser que el hambre afectara a toda la comunidad. Los lazos de solidaridad -en esa época tal vez sería más acertado llamarlo caridad- superaban los estrechos vínculos familiares donde hoy todavía se mantienen. Como diría Margaret Thatcher, la sociedad no existe, solo existen individuos y familias. Durante las últimas décadas de triunfante neoliberalismo, este pernicioso individualismo nos lo han inoculado hasta el tuétano.

Si el único horizonte del común de los mortales es lograr un empleo lo menos precario posible, tenemos un problema. (El problema se llama capitalismo, pero esa es otra historia)
Para tratar de resolver esta problemática existen diversas propuestas, que no son en absoluto incompatibles.

Algunos proponen una Renta Básica Universal para acabar con ese cuello de botella que es el trabajo asalariado, el empleo. Otras propuestas pasan por reducir las horas de trabajo para que puedan trabajar otros. También es posible –y deseable- crear puestos en el hoy herido de muerte Estado del Bienestar. El problema de esto último es decidir quiénes van a sufragar estos servicios. Al sector privado sólo le interesará mientras obtenga beneficios, y ello pasa por más empleos precarios. Además, tiene el problema añadido de que el acceso sólo es posible para quien pueda permitírselo. Si va a ser el sector público –creo que ese es el camino- habrá que aumentar la presión fiscal y de manera progresiva (quien más gana -proporcionalmente- más impuestos debe pagar).

Vaya, empecé hablando de las colas rápidas y termino con la necesidad de impuestos progresivos. ¡Qué coses, ho!


jueves, 2 de junio de 2016

Defending public education


Nowadays, public education  is suffering a terrible atack from the powerful neoliberal forces.  In our country,  the Government tends to favour private schools –the majority of them are religious- to the detriment of public education system.
At this juncture, why is it so important to defend a high quality public education?
Education is one of the four pillars of the Welfare State. The goals of education are: Learning subjects (Mathematics, Language, Literature, Science, History, Geography, Philosophy, etc.); learning to learn; social integration; accountability; principles... In a shellnut, the school is a essential place to educate responsible citizens.
Considering that education is a universal and unalienable right, the State has the obligation of providing a high quality school.
Social mobility is, in part, feasible thanks to the fact of having a good public school.
Besides, I think it is important to remember that at public school teachers have to pass a public examination, which is, somehow, a guarantee of competence.
Public school is also a laudable model of integration. In public schools children from very different origins (immigrants, lower classes,..) share space with the rest of the students, whereas in the private schools they tend to segregate, not accepting  “troubled” children.
Religion is another important point. In a secular State, as ours is, religion should be learnt within the families and at temples (churches, synagogues, mosques...), but, in no case, at school. Religion belongs to the private sphere of the person not to the public one.


On balance, if we want to move towards to a fairer, more egalitarian and happier society we must protect our rights and our, now damaged, Welfare State; public education is one the key factors to achieve our objectives.


domingo, 14 de diciembre de 2014

La Marató de TV3 o la cultura de la limosna

Como cada año por estas fechas tan sensibleras, TV3 apela a la conciencia de los ciudadanos para colaborar con donativos por una “causa justa”.  La especialidad de La Marató de TV3 es la obtención de recursos económicos para la investigación científica de enfermedades que, hoy por hoy, no tienen cura.
Últimamente, y en clara relación con la crisis económica, están proliferando este tipo de iniciativas. Y esto me preocupa.
Siempre he pensado que la limosna es un acto de limpieza de conciencia por parte de quien la da, y de una miserable prórroga para quien la recibe. Y en todo caso, jamás ha servido para erradicar la pobreza.
Desde una concepción individualista de la sociedad; la postulada por la ideología neoliberal –recordemos que Margaret Thatcher decía que la sociedad no existía, que sólo existían individuos y familias-,  desde esa perspectiva, tal vez tenga sentido la limosna o los donativos.
Sin embargo, para los que creemos en otro tipo de sociedad, esa demostración de solidaridad estaría, en mi opinión, mal encauzada.
Si entendemos, y no debe ser tan extraño cuando se contempla también en la Declaración  Universal de los Derechos Humanos, que todas las personas tienen derecho a una vida digna, ¿quién es responsable de velar por el cumplimiento de ese derecho cuando las personas por si mismas no pueden acceder a esa dignidad? En mi opinión, el Estado. O sea, las instituciones que conforman el Estado.

A menudo, cuando hablo de este tema con amigos o familiares la réplica suele ser: “Ya, debería ser el Gobierno, pero si ellos no lo hacen, ¿qué?, ¿dejamos que se mueran?, ¿no colaboramos con la financiación en investigación de enfermedades?
Admito que no tengo una respuesta del todo convincente para ellos. Y sin embargo, sigo pensando que es un error. No exigir a los Gobiernos que cumplan su cometido, y hacerles el trabajo, no soluciona los problemas, y, además, les sirve en bandeja de plata una coartada perfecta para desatender sus responsabilidades. Sería fantástico que estas fundaciones que organizan estas campañas solidarias, en lugar de exigir dinero a los ciudadanos, exigieran responsabilidad al Gobierno. Pero sospecho que eso no les interesa.

En este circo de donaciones lo más patético se produce cuando grandes empresas como El Corte Inglés o Microsoft, por poner algún ejemplo, presumen de solidaridad mediante donaciones, que pueden parecen considerables para un ciudadano pero que son calderilla para ellos. Evidentemente, para estas empresas se trata de un intento de limpiar su imagen, y no un acto generoso y desinteresado. Esas mismas empresas, no tienen remilgos en explotar a sus trabajadores, y en pagar los menos impuestos posibles, no fuera que con esos impuestos se atendieran gastos sociales. ¡Hipócritas!


sábado, 20 de septiembre de 2014

Chavs: la demonización de la clase obrera


Si, como dice Owen Jones en su excelente ensayo Chavs: la demonización de la clase obrera, Gran Bretaña era en 1979 una de las sociedades más igualitarias de Occidente y treinta años después es una de las menos igualitarias, ¿qué ha ocurrido?

La figura de Margaret Thatcher con sus políticas neoliberales, y la herencia del thatcherismo, hoy vigente, explicarían esta terrible involución.
En cierta ocasión le preguntaron a la dama de hierro cuál había sido su mayor éxito político y no dudó en responder: Tony Blair y el nuevo laborismo. El Partido Laborista, su adversario, había cambiado de opinión (¿de bando?).

En Chavs: la demonización de la clase obrera, Owen Jones retrata lúcidamente la  actual sociedad británica.
La destrucción del la industria, la precarización de los nuevos trabajos en el sector servicios, el falso mensaje “todos somos de clase media”, criminalizando a la clase trabajadora (de la que forma parte la mayoría de los británicos), el elitismo de la clase política, el racismo, el tratamiento de la inmigración, etc. son algunos de los puntos que analiza este joven (30 años) periodista británico.

Es un libro muy recomendable. Y no solo para entender el país británico sino también para entretejer paralelismos con España y con el resto de Europa; con la crisis de la socialdemocracia y el triunfo aplastante, aunque no definitivo, del neoliberalismo.
Y, por supuesto, con las respuestas que el mismo está provocando...





viernes, 12 de septiembre de 2014

Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva

















Un alma triste puede matar con más rapidez que un germen
John Steinbeck, Viajes con Charly


A menudo me gusta creer que llego a los libros por casualidad; pero no es cierto. Cuando uno bucea por un tipo de literatura o de temática es normal que acabe tropezando con determinados títulos.
Así pues, fue la causalidad y no el azar la que me condujo a un ensayo excelente y muy recomendable: Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva, de Richard Wilkinson (economista) y Kate Pickett (antropóloga). El original en ingles: The Spirit Level. Why More Equal  Societies Almost Do Better.
El libro se inicia planteando la aparente paradoja de que en el momento actual, en la cima de los logros materiales y tecnológicos, nuestras sociedades parecen haber fracasado en lo social.
El estudio de diferentes problemas sociales y de salud en distintos países desarrollados se compara con la desigualdad económica. A lo largo del libro se estudian variables como las enfermedades mentales, la esperanza de vida, la obesidad, las madres adolescentes, el rendimiento escolar, los homicidios, las tasas de población reclusa, etc.
A partir de datos se elaboran multitud de gráficos que muestran esa correlación, y muchas veces causalidad, entre desigualdad de renta y problemas sociales y de salud. Así, estos problemas son mucho más frecuentes y nocivos en países muy desiguales como Estados Unidos y Reino Unido, y bastante más contenidos en los países menos desiguales como Finlandia, Suecia, Noruega  o Japón.
Los autores demuestran que disminuir las diferencias en la renta no solo beneficia a los más pobres, como es fácilmente de ver,  sino también, y ahí está el quid de la cuestión, al conjunto de la población.
Simplificando, técnicamente existen dos modelos para igualar rentas: mediante la redistribución a través de los impuestos, como hacen con bastante éxito los países nórdicos, o bien,  como  es el caso curioso de Japón, mediante una rentas brutas similares para la generalidad de los trabajadores, es decir, que al parecer no existen grandes diferencias salariales en el país nipón.
Los autores defienden la utilización de ambos caminos; ¿por qué luchar con una mano atada?
Los últimos capítulos están dedicados a distintas propuestas que deberían tomar tanto gobiernos como individuos para construir sociedades más igualitarias, y por tanto más felices y sostenibles.

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Parece ser que este ensayo es bastante conocido en su ámbito. Yo supe de su existencia a través de un artículo del economista catalán Miquel Puig en el diari ARA. "Espanya és o no és el país més desigual d´Europa"


martes, 12 de agosto de 2014

Renta Básica Universal: algunas dudas razonables



¿Habrá otro, entre sí decía, 
más pobre y triste que yo?; 
y cuando el rostro volvió 
halló la respuesta, viendo 
que otro sabio iba cogiendo 
las hierbas que él arrojó.

De “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca


Hace unos años asistí a una conferencia en Avilés del  profesor de economía de la Universidad de Barcelona Daniel Raventós. La conferencia versaba precisamente sobre Renta Básica Universal. Resultó una charla no sólo interesante sino también muy ilusionante. El doctor Raventós es una de las personas que más ha estudiado esta propuesta en nuestro país.
Según el profesor con algunos cambios en el Impuesto sobre la Renta, es decir, atendiendo a la progresividad fiscal (tal como recoge la Constitución Española), sería perfectamente posible aplicar una renta básica para todos los ciudadanos.

Entonces este tema no formaba parte del circo mediático, así que guardé estas enseñanzas en el disco duro de mi cabeza para utilizarlas cuando las circunstancias lo permitiesen.
Ahora ese soplo de aire fresco llamado Podemos ha sacado de los cajones esta vieja propuesta y a muchos les ha entusiasmado. A mí también, pero albergo algunas dudas.

La primera es cuestionarme si la aplicación de una Renta Básica va a suponer una sustitución, en parte, se entiende, de algunos de los servicios del Estado del Bienestar (sanidad, educación, pensiones, desempleo, dependencia,…). Si el espíritu de la Renta Básica es entregar dinero a los ciudadanos para que paguen totalmente o en parte servicios que ahora proporciona en Estado no me vale. Prefiero avanzar en la calidad de los servicios públicos, deteniendo primero la sangría de recortes y, a continuación,  aumentando el presupuesto en gasto social, que, por cierto, es de los más bajos de la Unión Europea.

Si, por el contrario, el espíritu de la Renta Básica no es competir con los servicios sociales sino ser un añadido, entonces me temo que va a resultar muchísimo más complicado de implementar. Si el mero tufo a Renta Básica, per se, ya ahuyenta a muchos, y no sólo de la derecha, no quiero pensar las vestiduras que se rasgarían si pedimos la Luna.

Bien, seamos optimistas. Supongamos que la Renta Básica no va suponer una merma en los servicios públicos y que hemos logrado una mayoría parlamentaria para dar vía libre a la implantación de una renta básica universal. ¿Cuáles serían los efectos?

Parece lógico suponer que implicaría una mejora económica para la mayor parte de la población. ¿Erradicaría la pobreza?. En algunos casos sí, en otros la mitigaría y en otros no. Depende de lo pobre que sea uno. ¿Acabaría con la marginalidad?. No me parece; para combatir este problema son necesarios otro tipo de actuaciones, y no me refiero a la policía.

¿Se sentirían los trabajadores más fuertes a la hora de negociar sus salarios y demás condiciones de trabajo?. Teóricamente sí, pero ¿y en la práctica?
A mí me da por pensar mal y me imagino una situación que ilustraré con un ejemplo. No sé lo que gana un camarero. Imaginamos que en la actualidad un camarero en un local X (quiero decir en uno local indeterminado, no necesariamente X), gana 1200 euros por 8 horas de trabajo (que en realidad son 9 ó 10).
Imaginemos que se implanta la Renta Básica. El local X necesita un camarero y si antes pagaba 1200 euros ahora ofrece 600. El dueño le dice al candidato: “Macho, te ofrezco 600 euros, qué más quieres, con lo que te da el Estado tienes pa´ vivir de sobra, ¿o es que te quieres hacer rico a mi costa? A lo mejor ese candidato le responde: “¡Pues métete el trabajo por el culo, yo no me dejo la piel por 600 euros, explotador de mierda!”.  
Y así con varios candidatos que sistemáticamente rechazan ser sobre-explotados. Pero hete aquí que llega otro, que por las razones que sea, necesita imperiosamente esos 600 euros que le ofrecen. Y acepta el trabajo.
La duda planteada en términos más generales sería la siguiente: ¿podría le Renta Básica, en un efecto contrario al buscado, suponer una bajada de salarios, al menos en algunos sectores,  toda vez que el empleador la utilizaría como coartada para presionar a la baja?

Otra duda que me asoma es si la llegada de ese dinero al mercado de bienes y servicios cotidiano –un dinero que antes estaba en la burbuja financiera- pudiera suponer un alza de precios. Si la inflación no es alta tampoco esto sería un gran problema.

¿Estimularía el consumo? Sin duda, pero no estoy tan seguro de que eso sea una buena noticia. Depende del tipo de consumo. Pero este es otro debate que sería prolijo abrir ahora.

¿Favorecería la igualdad entre hombres y mujeres? Podría ayudar en lo económico, pero lo imprescindible, pienso, son los cambios de mentalidad, y aún estamos lejos.


En definitiva, y para ir concluyendo, me parece muy positivo introducir el tema de la Renta Básica en el discurso político, aunque sólo sea para reforzar la idea de que es necesario abandonar las políticas que incrementan las desigualdades y retomar, una vez más, la lucha por una mayor democracia, mayor igualdad, más solidaridad y –lo que es más ambicioso- otra sociedad más justa, sana y  feliz.

Mantengo algunas dudas sobre la Renta Básica, pero el debate es interesante, sin duda.




lunes, 11 de marzo de 2013

¿De verdad son insostenibles las pensiones?

Como cada domingo intento no perderme el programa de Jordi Évole “Salvados”. Siempre encuentro algo criticable, pero en general pienso que es de lo poco interesante que queda en televisión.

El programa de ayer sobre la viabilidad de las pensiones adoleció de haber entrevistado a un economista que no nos contó toda la verdad sobre el sistema público de pensiones. El profesor de la Universidad de Barcelona Diego Valero explicó de manera muy didáctica, eso sí, los problemas de la inversión de la pirámide poblacional. Esgrimió, como se hace siempre que se alegan razones demográficas, la relación entre el número de personas que cotizan y el número de pensionistas; como si fueran cabezas de ganado. Haciendo ver el peligro de que cada vez haya menos personas cotizantes que deban “sostener” a más perceptores de pensiones.

Este es un argumento muy manido y en parte acertado, pero tiene un problema: es incompleto. Los que se limitan a la hablar de la cuestión demográfica parecen olvidar la variable PRODUCTIVIDAD; ni la mencionan. El argumento demográfico podría ser válido si la productividad no variase nunca, fuese siempre igual. Pero no es así: a lo largo de la historia la productividad del trabajador –y de la sociedad, en general- ha ido aumentando; y se prevé que siga en aumento. El desarrollo tecnológico y la mejor formación del trabajador permiten al trabajador producir más en el mismo tiempo.

Por cierto, Adam Smith aludía a esto en su obra “La riqueza de las naciones” con el ejemplo de la fábrica de alfileres. Gracias a las máquinas, decía el filósofo-economista, un trabajador podrá producir no sé cuantos miles de alfileres más por unidad de tiempo. Lástima que el bueno de Adam Smith no dijera que gracias a las máquinas un trabajador podría seguir produciendo el mismo número de alfileres que antes pero teniendo el trabajador que trabajar menos horas. Hubiese sido la otra opción, pero es que Adam Smith era un burgués, no un trabajador fabril, se comprende…

Pues bien, si en lugar de haber entrevistado al profesor Diego Valero, hubiesen elegido a otro economista más crítico, como Vicenç Navarro, Alberto Garzón Espinosa, Juan Torres López o Juan Francisco Martín Seco, seguramente cualquiera de ellos habría hablado también de la variable demográfica, que obviamente se debe considerar, pero también de su utilización interesada cuando se escamotea la variable productividad.

Además en el programa de ayer el profesor Valero, siguiendo el discurso oficial, nos habló de la “hucha” de las pensiones, del pacto de Toledo, etc.
Bien, ese es otro tema que merece ser desenmascarado. No es de recibo hacer creer a la población que nuestras pensiones dependen de la "caja" de la Seguridad Social, de lo que entre y salga de ella. La realidad es que el hecho de que haya dos cajas: una para la Seguridad Social y otra para el resto de gastos del Estado es una cuestión meramente contable; detrás de ambas está la misma entidad: el Estado. Por tanto, no hay ningún motivo para pensar que si fuera necesario tomar dinero de la caja de gastos generales para  pagar las pensiones no se hiciera; se haría, llegado el caso. El Estado –al menos el Estado tal como está todavía hoy constituido- tiene la obligación de pagar pensiones dignas, cosa que el nuestro no hace, por cierto. En otros países las pensiones salen de los ingresos ordinarios del Estado como si fuera cualquier otra partida.

Mucho más suculenta me pareció la intervención del sociólogo alemán Antonio Brettschneider. Primero nos cuenta objetivamente lo que se está haciendo en Alemania, y luego nos da su opinión; y creo que lo clava.

Los planes de pensiones privados son un jugoso negocio que genera grandes beneficios a las empresas que trafican con los sueños de los trabajadores de tener una pensión digna. Lo habitual es que, salvo que se hayan hecho grandes aportaciones, y la mayoría de los trabajadores no pueden hacerlas, las pensiones privadas sean bastante magras. Eso sin tener en cuenta de que se trata de una lotería -es capital que ha jugado en bolsa- y se puede incluso perder dinero.

Al Estado, actualmente infundido de ideología neoliberal, le interesa fomentar las pensiones privadas para ir abandonando paulatinamente sus obligaciones. De esta manera se desentienden de esa importantísima partida en los presupuestos y contentan al gran capital financiero. Está todo pensado…

Así pues a la pregunta que da título a este post “¿De verdad son insostenibles las pensiones?, yo contestaría que en un país avanzado no tienen porque serlo; siempre y cuando mantengamos y profundicemos en el estado del bienestar.
El problema es que el estado del bienestar es incompatible con los deseos insaciables de beneficio de los capitalistas. O elegimos una cosa o la otra.

En economía al final siempre hablamos de lo mismo: cómo repartimos el pastel.