viernes, 21 de agosto de 2026

Elogio de la hipocresía

 


La idea de autorrealización (sé tú mismo) es un enemigo, la hipocresía es la base de la civilización, los rituales y las apariencias sí importan.

Hipocresía, Slavoj Zizek

 

Cada vez es más frecuente escuchar a personas que espetan –casi escribo esputan- frases del tipo: yo soy muy directo (o sincero), digo siempre lo que pienso; no tengo filtros, a quien le guste, bien, y a quien no, me la refanfinfla…

Y eso lo dicen engreídos, alardeando de una gran virtud.

Es posible que haya personas que valoren (o crean valorar) tan supremo grado de sinceridad, pero cuando yo escucho a un individuo proclamar esa declaración de intenciones me pongo a temblar.

En uno de los simpáticos sketches del programa de humor Vaya Semanita, de la televisión vasca, se nos presentan escenas cotidianas donde los personajes dicen lo que la corrección obliga, y subtitulado (o una voz en off, no recuerdo) añaden lo que realmente piensan. Por ejemplo, en una escena la suegra llega a casa del yerno que la recibe con voz meliflua y gran sonrisa: Hola, Maitetxu, qué alegría verte, te quedarás a comer, ¿verdad? Pero, en realidad, por su mente pasa: maldita suegra, ¿ya estás aquí otra vez? ¡Estás metida en casa todos los días!


Ahora voy a contar una anécdota propia en la que jugué humorísticamente con lo que uno piensa, lo que uno calla y lo que uno acaba diciendo.  Vestuario de la piscina. Un anciano muy dicharachero que charla amigablemente y en pelotas con otros usuarios del vestuario tiene copado casi todo un banco con sus prendas y enseres. Yo me las apaño con el extremo del banco, no necesito mucho para ser feliz. No puedo evitar pensar, no obstante, que el hombre abusa un poco del espacio, pero no le digo nada. En un momento dado, el varón de provecta edad, muy simpático, se me acerca y me dice: voy a dejarte más espacio, joven (Esto me hizo mucha ilusión, lo de llamarme joven, me refiero) y añade:  porque dirás que este hombre (refiriéndose a él mismo) lo está acaparando todo. Con un esbozo de sonrisa y encogimiento de hombros le digo con fingida inocencia: Yo no he dicho nada...Dejo unos calculados segundos en silencio y añado: pero lo he pensado. El simpático anciano explota en una carcajada y yo agradezco que entienda mi sentido del humor.

En conclusión, no soy un defensor de la hipocresía como tal, pero sí de la buena educación y del tacto (no son la misma cosa) y ello implica en muchas ocasiones poner sordina a nuestros pensamientos. Sin el lubricante de la insinceridad las relaciones humanas serían una batalla continua, un infierno. Mejor dicho, la vida en sociedad sería imposible.

Y el humor, con buen gusto, también ayuda.


P.S. La diferencia entre buena educación y tacto la da el entrañable personaje de Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) en la película de François Truffaut Besos Robados (Baisers volés, 1968).