La idea de
autorrealización (sé tú mismo) es un enemigo, la hipocresía es la base de la
civilización, los rituales y las apariencias sí importan.
Hipocresía,
Slavoj Zizek
Cada vez es más frecuente
escuchar a personas que espetan –casi escribo esputan- frases del tipo: yo soy muy directo (o sincero), digo siempre
lo que pienso; no tengo filtros, a quien le guste, bien, y a quien no…Y aquí
se encogen de hombros como diciendo (o diciéndolo directamente) me la refanfinfla…
Y eso lo dicen
orgullosos, como si mostraran una gran virtud que será infaliblemente aplaudida
por el receptor o receptores del mensaje.
Es posible que haya
personas que valoren (o crean valorar) tan supremo grado de sinceridad, pero
cuando yo escucho a un individuo proclamar esa declaración de intenciones me
pongo a temblar.
Y es que obviamente no
soy un defensor de la hipocresía –el título sólo era un gancho-, pero sí de la
buena educación y del tacto (no son la misma cosa), y estas virtudes, en muchas
ocasiones, exigen no decir exactamente lo que se piensa.
En uno de los simpáticos
sketches del programa de humor Vaya
Semanita, de la televisión vasca, se nos presentan escenas cotidianas donde
los personajes primero dicen lo que la corrección obliga, y subtitulado (o una
voz en off, no recuerdo) lo que realmente piensan. Por
ejemplo, en una escena la suegra llega a casa del yerno que la recibe con
voz meliflua y gran sonrisa: Hola,
Maitetxu, qué alegría verte, te quedarás a comer, ¿verdad? Pero, en realidad, por su mente circulan lindezas como: maldita suegra, ¿ya estás aquí otra vez? ¡Estás
metida en casa todos los días!
El ejemplo, con objeto
de conseguir el efecto humorístico, es exagerado, claro, pero muestra que sin
el lubricante de la insinceridad las relaciones humanas serían una batalla
continua, un infierno. Es más, sin esos filtros de los que algunos presumen prescindir
ni siquiera serían posibles las relaciones sociales.
Y todo esto lo digo
sinceramente, sin ningún tipo de filtro. A quien no le guste…
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