Oh, gavina voladora, que volteges sobre el mar
I al pas del vent mar enfora, vas voltant fins arribar
A la platja assolellada, platja de dolços records
On dia i nit hi fa estada la nina dels meus amors
La gavina, Marina Rossell
Desde que ocurrió, en
Gijón nadie habla de otra cosa. Yo me enteré anteayer por la prensa local, La Nueva España o El Comercio, no sé. Solo los dos protagonistas, el asesino y la
gaviota saben lo que realmente ocurrió, y la gaviota, que tras una larga agonía
acabó muriendo, no podrá ser llamada a declarar en el juicio. Tal vez testigos presenciales
puedan aportar su testimonio para esclarecer los hechos. Yo solo sé lo que dijo
la prensa, a saber: un hombre que estaba tomando algo en una terraza en la
emblemática calle Corrida mató a una gaviota porque intentó comerse su pincho. Según algunas
versiones por estrangulamiento; según otras, a golpes. Una testigo, al ver la
escena, llamó a la policía que se llevaría detenido al agresor donde pasó cuatro horas en calabozos (esta expresión
utiliza la prensa) para acabar saliendo en libertad con cargos.
El crimen de una
gaviota no tiene nada de gracioso, pero la noticia es comentada con sorna por
los gijoneses (¿humor asturiano?). El sentir general es que no se entiende que
por semejante nimiedad un ciudadano pueda ser procesado,
pero el Código Penal no deja lugar a dudas. La pena por maltrato animal puede
llegar a 18 meses de prisión y a una multa. Ya les avanzo yo que el presunto gavicida no pisará la cárcel.
La pena puede agravarse
si hubo ensañamiento, si lo hizo en presencia de niños (inocentes criaturas) o si
lo grabó para difundirlo en las redes sociales. Esto último no lo creo, pues tendría
las manos demasiado ocupadas como para además sostener una cámara.
Hasta aquí los hechos
tal como los relata la prensa y las consecuencias legales que estos podrían
acarrear, pero la anécdota tiene otras lecturas.
Desde un punto social
es un hecho incontrovertible que la convivencia entre homínidos y Laridae
(familia a la que pertenecen estas aves) se ha ido enturbiando estos últimos
años en ciudades como Gijón. No es que fuera idílica en un pasado, pero mientras
el número de estos pájaros era reducido podríamos utilizar el término
orteguiano de “conllevancia” entre estas dos especies. El problema es que
actualmente hay demasiadas gaviotas
en Gijón, una especie que se dedica al latrocinio, al robo, al hurto, al
pillaje, al saqueo, a la rapiña; y todo ello lo hacen estos individuos sin
embozo, a pico descubierto. Es comprensible que los gijoneses de pro, que, más
o menos, pagamos nuestros impuestos religiosamente, tengamos derecho a tomarnos
un refrigerio y un pincho en una terracita de la ciudad sin ser importunados.
He frivolizado un poco
con este tema y lo lamento, pido disculpas a todas las gaviotas del mundo y a los
animalistas que seguramente se personarán en el juzgado como acusación
particular.
Ahora en serio (voy a
intentarlo). A mí también me molestan las gaviotas cuando intentan comerse mi
pincho (hasta la fecha no lo han conseguido -toco palillo-). Tiemblo también
cuando me sobrevuelan –he sufrido el bombardeo de palomas, pero la mierda de
gaviota, dicen, es mucho mayor-, pero jamás de los jamases se me ocurría actuar
como el cavernícola de la calle Corrida. Es lógico pensar que las leyes no sólo
protejan a los animales sino también a nosotros mismos de tener que convivir con trogloditas
como el que protagonizó tan lamentable historia.
Que todo el peso de la
ley, como mierda de gaviota, caiga sobre él.