domingo, 14 de junio de 2026

El asesino de la gaviota

 

 


Oh, gavina voladora, que volteges sobre el mar I al pas del vent mar enfora, vas voltant fins arribar A la platja assolellada, platja de dolços records On dia i nit hi fa estada la nina dels meus amors

La gavina, Marina Rossell

 

 

Desde que ocurrió, en Gijón nadie habla de otra cosa. Yo me enteré anteayer por la prensa local, La Nueva España o El Comercio, no sé. Solo los dos protagonistas, el asesino y la gaviota saben lo que realmente ocurrió, y la gaviota, que tras una larga agonía acabó muriendo, no podrá ser llamada a declarar en el juicio. Tal vez testigos presenciales puedan aportar su testimonio para esclarecer los hechos. Yo solo sé lo que dijo la prensa, a saber: un hombre que estaba tomando algo en una terraza en la emblemática calle Corrida mató a una gaviota  porque intentó comerse su pincho. Según algunas versiones por estrangulamiento; según otras, a golpes. Una testigo, al ver la escena, llamó a la policía que se llevaría detenido al agresor donde pasó cuatro horas en calabozos (esta expresión utiliza la prensa) para acabar saliendo en libertad con cargos.

El crimen de una gaviota no tiene nada de gracioso, pero la noticia es comentada con sorna por los gijoneses (¿humor asturiano?). El sentir general es que no se entiende que por semejante nimiedad un ciudadano pueda ser procesado, pero el Código Penal no deja lugar a dudas. La pena por maltrato animal puede llegar a 18 meses de prisión y a una multa. Ya les avanzo yo que el presunto gavicida no pisará la cárcel.

La pena puede agravarse si hubo ensañamiento, si lo hizo en presencia de niños (inocentes criaturas) o si lo grabó para difundirlo en las redes sociales. Esto último no lo creo, pues tendría las manos demasiado ocupadas como para además sostener una cámara.

Hasta aquí los hechos tal como los relata la prensa y las consecuencias legales que estos podrían acarrear, pero la anécdota tiene otras lecturas.

Desde un punto social es un hecho incontrovertible que la convivencia entre homínidos y Laridae (familia a la que pertenecen estas aves) se ha ido enturbiando estos últimos años en ciudades como Gijón. No es que fuera idílica en un pasado, pero mientras el número de estos pájaros era reducido podríamos utilizar el término orteguiano de “conllevancia” entre estas dos especies. El problema es que actualmente hay demasiadas gaviotas en Gijón, una especie que se dedica al latrocinio, al robo, al hurto, al pillaje, al saqueo, a la rapiña; y todo ello lo hacen estos individuos sin embozo, a pico descubierto. Es comprensible que los gijoneses de pro, que, más o menos, pagamos nuestros impuestos religiosamente, tengamos derecho a tomarnos un refrigerio y un pincho en una terracita de la ciudad sin ser importunados.

He frivolizado un poco con este tema y lo lamento, pido disculpas a todas las gaviotas del mundo y a los animalistas que seguramente se personarán en el juzgado como acusación particular.

Ahora en serio (voy a intentarlo). A mí también me molestan las gaviotas cuando intentan comerse mi pincho (hasta la fecha no lo han conseguido -toco palillo-). Tiemblo también cuando me sobrevuelan –he sufrido el bombardeo de palomas, pero la mierda de gaviota, dicen, es mucho mayor-, pero jamás de los jamases se me ocurría actuar como el cavernícola de la calle Corrida. Es lógico pensar que las leyes no sólo protejan a los animales sino también a nosotros mismos de tener que convivir con trogloditas como el que protagonizó tan lamentable historia.

Que todo el peso de la ley, como mierda de gaviota, caiga sobre él.


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