viernes, 20 de abril de 2018

No me gusta que al fútbol te pongas la estelada






No me gusta que al fútbol te pongas la estelada…
(Parafraseando a Manolo Escobar, gran barcelonista)


En estos tiempos tan convulsos, se oye por todos lados esa especie de verdad revelada que reza “No hay que mezclar fútbol y política”.

Y yo me pregunto : ¿Por qué no?

En serio, me gustaría encontrar algún razonamiento, por pobre que sea, que sustente esa afirmación. Pero a quienes la pronuncian les debe parecer tan obvia que se ahorran las explicaciones. Hala, otro dogma más del “sentido común”.

Lo cierto es que el deporte y la política son buenos amigos, de esos con derecho a roce. No creo que haga falta recordar que el fútbol, inventado por los ingleses en el siglo XIX, jugó un beneficioso rol para las empresas. Las pachangas entre empleados servían para estimular el espíritu de equipo y la fidelidad a la empresa.

No hay que ir tan lejos en el tiempo. ¿Por qué la deuda de los clubes de fútbol con Hacienda sigue arrastrándose por los campos como hace el pobre André Gomes? ¿No sería deseable, para las cuentas públicas, que Hacienda aplicase más celo en cobrar las deudas de los clubes? No, claro. Sea por la paz social.

Luego están los que ven la estelada en el ojo ajeno y no la rojigualda en el propio. ¿Acaso la final de la Copa del Rey no es un acontecimiento, además de deportivo, eminentemente político? La solemnidad del acto, el Rey, las autoridades, el himno nacional… Todo ello son elementos que forman parte de lo que Michael Billig denominó nacionalismo banal.  Una  expresión para referirse a ese nacionalismo sutil, apenas perceptible, cotidiano, ya interiorizado. Ese goteo continuo que utilizan los Estados nacionales. Todos, incluso los que no tienen que lidiar con otros nacionalismos internos.

¿Nadie se ha preguntado por qué en tiempos en que cada vez son más los partidos en PPV,  la final de la Copa del Rey es televisada siempre en abierto? Lo mismo vale para los encuentros de la selección nacional.

Así que los poderosos, los defensores del statu quo, son los primeros que utilizan el fútbol, y el deporte en general, para afianzar sus ideas (sociales y políticas).

No sé exactamente por qué (tal vez, en parte, herencia del franquismo y en parte desafección a la clase política), pero expresiones como “estar politizado” o “politizar algo” producen urticaria en muchos ciudadanos. Me parece que no son conscientes de que la salud democrática de una comunidad depende en gran medida de un elevado grado de politización de sus habitantes.

Volviendo al tema inicial, y más allá de la frase lapidaria que encabeza esta reflexión, lo cierto es que la persecución al nacionalismo catalán – y no solo en el fútbol- cabe enmarcarla en un contexto mayor de persecución a la disidencia política. No nos levantamos un día sin una nueva detención de un twitero, un rapero o un titiritero.

Estos días, los medios de comunicación españoles dedican más tiempo a hablar de la posible pitada al Rey y al himno nacional que a cuestiones meramente deportivas. Ellos también están muy politizados. Lástima que sus discursos defiendan posiciones contrarias a los intereses de la mayoría.





domingo, 18 de marzo de 2018

Fariña

Coca, farlopa, perico, merca, fariña…



De no haber sido por el revuelo que originó el secuestro judicial del libro, probablemente yo no habría sentido tantas ganas de consumir Fariña.

Nada más saber lo del secuestro, pensé en comprarlo para consumo propio. Pronto descarté esa idea, y acudí a mi dealer habitual, las bibliotecas públicas de Asturias. Ellos tienen mucha mierda, y de la mejor calidad.

Quería tener el libro prohibido en mis manos, acariciarlo, olisquearlo, abrir sus páginas, hojearlo;  y también quería presumir de ello ante amistades y conocidos. Me parecía que había algo de transgresor –de qué minucias la felicidad depende, ¿verdad?- en el mero hecho de hacerme con el  libro.  No obstante, no estaba seguro de querer leerlo íntegramente. El tema, en principio, no me interesaba especialmente. Y, sin embargo, empecé a leerlo como quien no quiere la cosa, y me enganché.

El motivo del secuestro es totalmente marginal e irrelevante en la historia: unas pocas líneas que molestaron a un señor, ex­alcalde de O Grove.

Nacho Carretero, el autor de Fariña, ha escrito un libro verdaderamente ameno e interesante. No aporta datos nuevos -admite él mismo-, simplemente recopila información aparecida en los medios, la relaciona, y consigue un resultado más que digno.

Fariña es la historia del narcotráfico en Galicia.

Ese territorio aislado y tradicionalmente atrasado, un pedazo del Estado español que parece metido a presión entre el Atlántico y Portugal es protagonista de un destino que parece escrito en sus rías.  Durante la posguerra, sus gentes hambrientas se buscan la vida como pueden, y  ese “pueden” incluye el contrabando de cualquier cosa: chatarra, aceite, gasolina, tabaco,... La actividad no está socialmente mal vista, y esa tolerancia se traduce en desidia, cuando  no complicidad, en las autoridades.

El contrabando del tabaco drenó la región de dinero abondo, y, en los ochenta, algunos dieron el salto a la primera división: del contrabando de tabaco se pasó al  tráfico de hachís y  de cocaína (fariña). A estos narcos no los mueve el hambre, sino la guita fácil y la ambición.

Fariña cuenta también los amores interesados entre narcotráfico y política: no hay ningún partido en Galicia, afirma Nacho Carretero, que no haya recibido dinero del narcotráfico.

Pero la llegada de la droga también destrozó la vida de muchos jóvenes gallegos y la alarma y presión social cristalizaron en una mayor actuación de las autoridades. Se persigue policial y judicialmente el narcotráfico con relativo éxito. Años noventa y primera década del 2000.

En la actualidad, el tráfico de drogas en Galicia parece cosa del pasado, con los grandes capos en prisión o ya retirados (jubilados). Sin embargo, advierte el autor, narcotráfico sigue habiendo en Galicia, simplemente el foco mediático se ha retirado en busca de otros escenarios. Lo mismo ha ocurrido con la atención policial y los recursos públicos.

Todo esto, mucho más y mucho mejor cuenta Nacho Carretero en Fariña.






sábado, 24 de febrero de 2018

Una tarde con Carla





El otro día mi mujer y yo tuvimos secuestrada a nuestra sobrina Carla por unas horas. Sólo en contadísimas ocasiones podemos disfrutar de su compañía a solas. Mi mujer, que es muy cariñosa, aprovecha para abrazarla, besarla, decirle lo mucho que la quiere, etc.  hasta saciarla y más allá. Y yo experimento con eso de hablar con niños, que es curioso.

Carla tiene nueve años, casi diez, y, mi mujer sostiene que esa niña es mi sobrina favorita. No lo creo. ¿Sólo porque es con la más me gusta estar? ¿Sólo porque siempre hago referencia a ella en detrimento de los otros hermanos? ¿Sólo porque digo esto para Carla? ¿Sólo  porque su nombre es el que más pronuncian mis labios?¡Bobadas!, quiero a los tres por igual; a Carla, al otro y al otro.

La recogemos de una actividad extraescolar, baloncesto. La llevamos a la cafetería del Grupo, el club deportivo donde hace deporte. Le damos de merendar, un zumo de naranja, no quiere comer nada, aunque lleva un bocadillo en la mochila. Y, finalmente, la llevamos a la siguiente actividad, voleibol.  Esto mismo lo hace martes y jueves; lunes, miércoles y viernes va a gimnasia. No me extraña que los niños de hoy en día estén estresados.

Durante la merienda aprovechamos para interactuar con ella. Yo le pregunto qué tal el cole,  y dice que bien, sin pasión. ¿Qué asignatura te gusta más? Lengua, responde. ¿Qué has aprendido últimamente? Pues lo de las palabras homófonas.  Hago ver no que no he entendido bien para gastar una broma  que, en realidad, va dirigida a mi mujer. ¿Palabras homófobas, dices? Ella me mira con cara rara, y repite pacientemente ho-mó-fo-nas.  Ah, bien, le pregunto que qué es eso. Pues palabras que se suenan igual pero que se escriben diferentes. Me pone varios ejemplos: vaca/baca, olla/hoya,…

Pasamos a la geografía. ¿Te sabes los continentes? Titubea…Europa, Asia,…La ayudo. Le recito la famosa lista de los cinco continentes que todos aprendimos de pequeños, pero rápidamente me corrijo. Me vendría bien un mapamundi en estos momentos. Le advierto que, aunque en el cole le digan que Europa y Asia son dos continentes, en realidad es uno, Eurasia. Si un continente es una masa enorme de tierra rodeada de mar, Eurasia es nuestro continente.

¡Cuántas cosas se aprenden mal de pequeño y luego cuesta una vida desaprenderlas para tratar de aprenderlas bien!

Me apiado de la niña: no te compliques, Carla, si te preguntan en un examen pon lo que te digan en la escuela.

Seguimos hablando de sociales, me dice que también ha aprendido los conceptos (lógicamente no utiliza la palabra “concepto”) de democracia y de monarquía parlamentaria. ¡Boom!

Resoplo. Miro a mi mujer y ella me sonríe con complicidad. ¿Qué hacemos? Le pregunto con la mirada. Ella me responde con palabras que son casi las cinco y media, que hay que llevarla a voleibol.

Mejor, pienso, que se divierta un poco…




viernes, 8 de diciembre de 2017

Pesadilla en Vodafone Street



Voy a narrar sucintamente lo que les pasó a mis suegros por rodearse de malas compañías.

Todo empezó una agradable tarde de verano. Estaban ya vestidos de calle y dispuestos para dar un paseo cuando, de repente,  llamaron al timbre de su puerta. Dos hombres,  uno alto y guapo, el otro no, irrumpieron en sus vidas. Se identificaron -es un decir- como comerciales de Vodafone, y mis suegros, que ya estaban predispuestos a escuchar ofertas de telefonía pues consideraban que pagaban demasiado en su actual compañía, les abrieron las puertas de su hogar de par en par. Los pasaron al salón y los sentaron en el sofá y, de esta manera, los comerciales pudieron desplegar cómodamente sus alas de seducción. Sólo faltó –atestigua mi mujer- un ofrecimiento de café y de pastas de té. No llegaron a la alcoba, pero consiguieron algo mejor: convencer a mis suegros de que contrataran los servicios de Vodafone. Una oferta fantástica, presumía mi suegra, teléfono fijo, dos móviles con tarifa plana, internet a no sé qué velocidad y televisión, todo ello  por no sé cuánto. ¡Una ganga!

Como suele suceder en este tipo de crímenes, mis suegros les proporcionaron todos sus datos personales, y el comercial guapo, que tenía mucha labia –el otro debía estar en prácticas-, les dio una hoja escrita a mano en la que, se suponía, aparecían las condiciones de la oferta. No hubo café ni pastas, pues tampoco hubo un contrato formal. El guapo les garantizó que en tres o cuatro días tendrían todos los servicios.

Ahí empezó la pesadilla en Vodafone Street. Les cambiaron el número de teléfono fijo, a pesar de haber solicitado portabilidad. Es provisional –les tranquilizaron-, es sólo para que la antigua compañía no pueda contactar con ustedes –bueno, esto último no lo verbalizaron, lo suponemos-.
Durante unos cuantos días, unos quince, no dejaron de tener problemas. Perdieron la conexión a internet, perdieron la telefonía fija, perdieron la paciencia. El teléfono de atención al cliente les daba largas y ninguna solución. Desesperados y al borde del suicidio, un día soleado, a modo de Deus ex machina, reciben una llamada telefónica, su antigua compañía, Orange. Temerosa de que marchen a la competencia (la mera solicitud de portabilidad hace milagros), les hace una nueva oferta, una oferta fantástica: teléfono fijo, dos móviles con tarifa plana, internet a no sé qué velocidad y televisión, todo ello  por no sé cuánto. ¡Una ganga! Y lo mejor: la posibilidad de perder de vista a Vodafone. A mi suegro casi se le caen las lágrimas, sí, sí quiero.

Y, sin embargo, se mueven. Vodafone les exhorta a que les devuelvan los aparatos (router, deco,…). ¿Cómo? Por correo, a costa del cliente; por  mensajero, a costa del cliente; o entregándolos en una oficina de Vodafone. Optan por esto último. En la tienda no lo recogen; les falta no sé qué número de referencia. Vuelta a casa con los aparatos entre las piernas, humillados y ofendidos. Intento de contactar con Vodafone. Complicado. Es paradójico cuán difícil  resulta comunicarse con una empresa precisamente de comunicación. Al final, mi suegra, iracunda, regresa con los aparatos a la tienda de Vodafone para que se los metan donde les quepan. Más negativas, pero ella amenaza con no marchar hasta que se lo recojan o hasta que le den una hoja de reclamaciones. El milagro se hace: aceptan los aparatos y le entregan un recibo de la devolución.

¿Fin de la historia? Pues no, Fukuyama. Vodafone, a pesar de la devolución, sigue enviando varios mensajes al día para que paguen lo que deben. Acoso sexual: no paran de tocarles los cojones. Vuelta a la tienda, les dicen que es normal (sic), que es una máquina programada para repetir el mensaje. Que no hagan caso, que sólo durará unos días…


En fin, en ese punto estamos. Ya les contaré, si les apetece, cómo acaba la historia. Si es que acaba.


domingo, 22 de octubre de 2017

¿Cuántas naciones hay en España? ¿2,4,17,...?



La pregunta, así formulada, me parece ingenua (si la intención es buena) o tramposa (cuando no lo es). Es como preguntar a tu pareja, en una escala de 1 a 10, cuánto te quiere. Se hace, ya lo sé, y se suele responder 10, u 11, ó 100, o infinito, pero ninguna respuesta es científica. Ninguna respuesta podría serlo.

Las naciones, como el amor, se sienten pero no se ven. El concepto de nación es vaporoso, pero que sea vaporoso no significa que no exista.

El padre de la nación se llama nacionalismo, y su obsesión es casar a su querida hijita. Ya le tiene echado el ojo a un buen partido: el Estado. Si consigue casar a la hija, piensa, la habrá dejado en buenas manos. El Estado es un hombre influyente, tiene poder, dinero, prestigio…
Bien, ya tenemos a la pareja que se puso de moda en el siglo XIX: el Estado-nación.

Dejemos la poesía que no lleva a nada bueno, y pasemos a la prosa. Pero, ¿qué demonios es una nación? Muchos autores han tratado de responder a esa pregunta y ahí está la bibliografía para quien quiera flagelarse. Para este humilde escrito yo me quedo con una definición sencillita, de moverse por casa. Una nación sería una comunidad humana, asociada a un territorio, que comparte algunos rasgos culturales comunes: una religión, una lengua, una historia, una etnia,…y cuyos habitantes son conscientes de esa particularidad.

¿Qué es el Estado? ¡Bien!, ¡ya era hora de que preguntaran algo fácil! Un Estado es una organización política, dotada de soberanía, que integra la población de un territorio perfectamente delimitado. Es muy fácil de percibir, no desde el espacio, pero sí con un mapa político en las manos.

Volvamos al concepto espinoso (ojo, tiene espinas, pincha) de nación. José Alvarez Junco, un historiador que no simpatiza en absoluto con la causa indepe, tiene, sin embargo, un libro muy interesante: Mater dolorosa, la idea de España en el siglo XIX. En su primer capítulo define nación a partir de los dos requisitos antes mencionados y que merece la pena recordar: Primero: unos hechos objetivos (que sean objetivos no significa que no puedan ser controvertidos sino que están ahí), que consistirían en la existencia de algún rasgo cultural común. Un buen ejemplo es una lengua propia. Y segundo: un aspecto subjetivo (que está en los sujetos), a saber, la conciencia por parte de la comunidad de esa particularidad, y, en ocasiones, la voluntad de disfrutar de algún tipo de autogobierno, que podría ser absoluto (recordemos el matrimonio Estado-nación) o limitado, como en los estados federales o en nuestra moribunda España autonómica.

Muchas culturas –la mayoría- carecen de Estado propio. Si pensamos, por ejemplo, en el criterio lingüístico (que sólo es uno de los posibles) vemos que en el mundo hay más de 8000 lenguas, con sus dialectos, y que únicamente hay unos 200 Estados; está claro que no hay candidatos para tanta moza (o mozo)  suelto. Sin el respaldo de un Estado, algunas de estas culturas han muerto, otras morirán y otras sobrevivirán como buenamente puedan.

Bien, volvamos al caso de España. España es, sin género de dudas, un Estado. ¿Y una nación? Yo creo que también, pero no la única nación que hay en el Estado español. Por lo menos, Catalunya y Euskadi también son naciones, incluso Galicia, si no fuese porque nunca sabes si está subiendo o bajando. Y puestos a ser generosos, ¿podría Andalucía considerarse una nación? Yo creo que reúne los requisitos objetivos: una cultura bastante distinta de la castellana, el habla, la arquitectura,… si no se casa es porque no quiere. ¿Y qué decir de las islas Canarias? ¿Y han oído hablar de los comuneros de Castilla? Así entre naciones confesas y gozosas, latentes, potenciales, y posibles, resulta estéril tratar de establecer un número.

La controversia, me parece, deberíamos ceñirla al debate entre la visión de una España uninacional, en la que se considera que la única nación es la española, patria común e indivisible de todos los españoles, tal como reza el artículo 2 de la CE, y que, no olvidamos, fue redactado por los militares; y otra visión plurinacional en la que no es tan importante, en principio, determinar cuántas o cuáles son las naciones, sino que lo esencial sería adoptar una actitud abierta a la manera de entender, de sentir, la cuestión nacional.

Hasta el momento presente no he encontrado argumentos intelectuales –a por ellos, oeeee- consistentes que sostengan la primera hipótesis, aunque sí un potente ejército propagandístico (el propio Estado y sus instituciones, los medios de comunicación, el mundo del deporte,…). La segunda visión me parece intectualmente mucho más sostenible y más enriquecedora.

En cualquier caso, el reconocimiento de naciones dentro de un Estado no implica necesariamente la secesión de esos territorios y la creación de nuevos estados. Los Estados federales son un buen ejemplo del maridaje entre el autogobierno y los lazos de solidaridad dentro de un Estado mayor.
Todo esto venía a cuento por el lío que está ocurriendo en Catalunya -en España-, con el proceso soberanista. No sé cómo saldremos de esto, pero no me cabe duda de que una de las claves está en la visión nacional.

Suerte ¡…y al toro!



Para flagelarse más (yo ya lo hice):

ALVAREZ JUNCO, José: Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX

ANDERSON, Benedict: Comunidades imaginadas

BAÑOS, Antonio: La Rebel.lió catalana. Notícia d´una república independent

BILLIG, Michael: Nacionalismo Banal

FONTANA, Josep: La formació de una identitat. Una història de Catalunya

GELLENER, Ernest: Naciones y nacionalismo

RENAN, Ernest: ¿Qué es una nación?


RIQUER I PERMANYER, Borja de: Anar de debò, Els catalans i Espanya

lunes, 9 de octubre de 2017

Unionistas con piel de cordero



Ayer se manifestaron en Barcelona miles de personas por la unidad de España. Parte de ellos provenían de fuera de Catalunya, y por un día pudieron sentirse ciudadanos de Reus, Cervera, Granollers, etc. dependiendo de la pancarta que les tocara llevar. Los medios de comunicación los definen como unionistas, y aunque efectivamente lo son, me parece que lo esencial no es sólo que es sean unionistas, sino que, en su mayoría, también son anti-derecho-de-autodeterminación-para-Catalunya y, me temo, anti-Hablemos (anti-Parlem). El matiz es importante.

Esas personas no están precisamente solas. Un alto porcentaje de la población española, el Partido Popular y el peso del Estado central está tras (o delante de) ellos, y, lo que es determinante: también lo está el mainstream, el discurso dominante en los mass media españoles.

Ser unionista en Catalunya (y en España) es una opción tan respetable como ser independentista, federalista o nihilista: la diferencia es que mientras en un referéndum de autodeterminación, con las debidas garantías democráticas, todos tienen la posibilidad de pronunciarse y ser considerados con la lógica limitación de una persona, un voto; si hurtamos a los catalanes la posibilidad de decidir conjuntamente el futuro de su relación con España, los independentistas, e incluso los federalistas, no tienen más voz que la que se desgañita en las manifestaciones.

Lo siento, respeto el unionismo, pero no el fascismo que trata imponer a los demás su propia visión. No es casualidad que se vieran banderas españolas con el aguilucho y saludos fascistas en la manifestación. No todos  serían fascistas, por supuesto, pero…

Esta y otras manifestaciones unionistas celebradas por la geografía española parecen defender no solo su visión unitaria de España, respetable, como dije antes, sino además, la total aniquilación de otras posiciones,  vía referéndum o, sencillamente, mediante el diálogo (Hablemos-Parlem).

Si, como sospecho, el grueso de los manifestantes no sólo se manifestaba por la unidad de España sino también por acallar voces disidentes, y para aplaudir la política represora del PP y del Estado, no puedo respetar su postura. Condición sine qua non de cualquiera que se considere demócrata es ser también anti-fascista, y mucho de ellos no lo son.

El fascismo se despereza en Europa, pero en España hace tiempo que se pavonea confeso y gozoso.




miércoles, 6 de septiembre de 2017

Lo que pasa en Catalunya...




Hace unos días  estuvimos con una pareja de amigos de Salamanca que vinieron a Gijón. Cuando el sol ya se había puesto y nuestra conversación languidecía con el día, Zacarías me preguntó: ¿y tú qué piensas de lo de Cataluña?  Te voy a dar mi opinión –añadió casi sin respiro- a mí me parece que allí se quieren montar su propio cortijo unos cuantos…

Resoplé. No es que no quisiera hablar del tema, es que era sabedor de que dijese lo que dijese, no me entenderían. No lo entenderían. La frase de mi amigo no es original; se trata de uno de los leitmotivs del discurso dominante, como diría Javier Ortiz, al sur del Ebro.

Empecé mi alegato y ella enseguida desconectó. Él me escuchó todo el tiempo con respeto pero con recelo, o eso me pareció.

Uno tiende a pensar que con la palabra razonada es posible persuadir al otro de casi cualquier cosa, pero la realidad es obstinada y te muestra repetidamente cuán difícil es que los humanos cambiemos nuestra manera de pensar. Nos sentimos más seguros guarecidos en nuestra covacha de ideas.  Somos demasiados perezosos o miedosos -o ambas cosas- como para exponernos a la intemperie, donde quién sabe qué rayos de ideas podrían caernos encima. He ahí la primera dificultad: salir de la caverna y cuestionarnos nuestras propias opiniones.

Vayamos a por la segunda. Hablar de nacionalismo cuando se parte de sentimientos distintos es muy delicado. El discurso lo controlan más nuestras emociones que nuestra capacidad de razonamiento. Por ello no suelen conducir a un entendimiento.

El tercer escollo -casi insalvable- es el hecho de estar expuestos permanentemente a determinados discursos e intereses. Mientras que en Catalunya (también en Euskadi) coexisten dos discursos -y sus matices-,  en el resto del Estado sólo existe uno. (Bueno, para ser justos hay que admitir que hay dos: el que no quiere oír hablar de más nación que la española –claramente hegemónico- y el que tímidamente y con la boquita pequeña balbucea algo sobre plurinacionalidad o hace malabarismos con las palabras: nación de naciones,…. Los medios de comunicación - de persuasión-  bombardean a diario a ambos lados del Ebro. Pero al sur del río, sólo caen las bombas de un bando. ¡Qué aburrido, no sabéis lo que os perdéis!

La cuarta dificultad creo que es el desconocimiento. Me parece que gran parte de la población española ha aprendido una Historia esencialista focalizada en la unidad de destino de España. No diré que sea una Historia falseada, aunque lo piense, pero sí interesada, como todas, dicho sea de paso.  Pero esa orfandad de matices impide tener  una visión comprensiva (en todas sus acepciones) de la Historia de los pueblos que han pululado y siguen pululando esta península.

Una quinta dificultad viene condicionada por la cuestión económica, la butxaca. Catalunya, con un 17% de la población española y un 19% del PIB nacional,  es una de las vacas gordas del Estado: ¿quién querría desprenderse de una fuente de riqueza así?

Concluyendo,  vivir en una zona determinada de España no es determinante para tener una opinión u otra, pero, estadísticamente, me parece que es un elemento que suele condicionar esa opinión.
Todo esto,  me parece, son ingredientes que, en el común del ciudadano, han dificultado tradicionalmente el entendimiento entre Catalunya y España.

Así, cada vez que uno lee o escucha argumentos, muchas veces bien razonados, otras no tanto, defendiendo determinada postura, tengo la sensación de que nada más empezar la primera línea, nuestro cerebro ya tiene formada una opinión favorable o desfavorable del mismo. Y es que, como decía Eduard Punset con desmedido acento catalán, el cerebro no está diseñado para averiguar la verdad, sino para sobrevivir.

Me gustaría estar equivocado, y seguiré actuando como si lo estuviera. Continuaré dando mis opiniones, adaptadas al interlocutor, con la esperanza de que algún día, más pronto que tarde, nos entendamos. Debe ser cuestión de supervivencia…

Por ello, esa agradable tarde de verano, cuando el sol se había puesto, le conté a mi amigo castellano cómo veía yo lo que pasa en Catalunya.