viernes, 15 de febrero de 2013

¿Y la opinión del funcionario?

El otro día estuve hojeando “El Comercio”, un periódico de Gijón.
El diario arrancaba en sus primeras páginas con un reportaje sobre el traslado de los juzgados de Gijón al nuevo y flamante Palacio de Justicia, situado, como decimos en Catalunya, “en la quinta forca”, o sea, muy lejos.
En la parte inferior del reportaje aparecían cinco fotografías de cinco individuos y cada una adjuntaba una breve, muy breve y presumible opinión sobre lo que supone el traslado de todos los juzgados a ese macroedificio. Va a ser muy positivo…, era necesario…, ya saben, frases de ese estilo.
Lo que me llamó la atención es que las cinco personas seleccionadas para dar su beneplácito eran dos jueces, un fiscal, un abogado y una procuradora.
Yo, ingenuo de mí, me pregunté ¿por qué no han pedido la opinión también a un sencillo y humilde funcionario, o funcionaria? Al fin y al cabo van a trabajar cientos de ellos en ese edificio. Se me ocurrieron las siguientes hipótesis:

Hipótesis A: el cronista buscó con denodado esfuerzo la opinión de un funcionario, pero ninguno quiso colaborar.

Hipótesis B: el periodista pensó en la posibilidad de entrevistar a un funcionario, pero finalmente desechó la idea.

Hipótesis C: al reportero, seguramente un humilde y precario trabajador, ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de contar con un empleado público. Si un granjero decide trasladar los cerdos de una granja a otra tampoco pregunta a los cerdos qué les parece la idea, ¿verdad?

El matiz entre la hipótesis B y la C es más importante de lo que podría parecer.
Cuando durante la Revolución Francesa se establecieron los Derechos del Hombre, se pensaba en el hombre y no en la mujer. Sin embargo, no había una exclusión consciente de la mujer, sencillamente, esa posibilidad ni siquiera se consideraba y, por tanto, nadie percibía lo que para nosotros es una omisión inaceptable.
Que cada uno interprete lo que quiera, yo abogo por la hipótesis C. Al reportero ni se la pasó por la cabeza contar con un administrativo. Por otro lado, me temo que la inmensa mayoría de lectores del periódico tampoco iba a echar en falta esa ausencia. Creo que se ha generalizado la percepción de que los trabajadores –en este caso funcionarios- no contamos para nada, y así nos va.

Pero, bien pensado, tal vez yo esté confundido, y al menos los funcionarios sí estén considerados. Si no ¿por qué el jefecito de los empresarios, un tal Juan Rosell, les dedica tan bellas palabras? Y por la misma razón, ¿por qué la prensa se hace eco de ellas?

martes, 15 de enero de 2013

"La inflación", de José Luis Sampedro




“Inflation for benefit of the few” (Inflación en provecho de una minoría).
Ezra Pound, poeta que no tenía nada de marxista



Recuerdo una reunión familiar hace ya tiempo. En ella una tía mía que cursó solo estudios primarios formuló una pregunta menos estúpida de lo que pudiera parecer en un primer momento: ¿Por qué suben los precios?. ¿Cómo? –dije yo para ir ganando tiempo mientras pensaba una respuesta-. Sí, ¿por qué tienen que subir los precios de las cosas?, ¿por qué no cuesta todo siempre lo mismo?.

Como en mi pequeño núcleo familiar tengo cierta consideración de persona intelectualmente preparada, lo cual no es del todo mérito mío, me sentí obligado a dar una respuesta. Debí decir algo así como que existía crecimiento económico, cada vez mayor riqueza y, por tanto, más dinero en circulación. Por ello, el precio de las cosas subía. Puso cara de no entenderlo, lo cual no me extrañó pues ni a mí mismo me convencía mi explicación.

Tiempo más tarde cayó en mis manos una joya -otra más- de José Luis Sampedro. Ojalá la hubiese leído cuando mi tía formuló aquella pregunta. “La inflación (Al alcance de los ministros)”, que en su versión actualizada cuenta con la colaboración del también economista Carlos Berzosa.

En cualquier manual de economía vamos a encontrar definiciones sobre la inflación y sus causas. Pero la mayoría de manuales, dice Sampedro, ocultan explicaciones, la teoría convencional ofrece una versión incompleta de la realidad. No es que mientan, pero sí evitan entrar en las causas profundas que explican el fenómeno de la subida de los precios. Una explicación realmente comprensiva implica entrar en terrenos como el análisis de la estructura social y las relaciones de poder entre los distintos grupos sociales, la naturaleza del capitalismo, etc. En definitiva, aspectos sociológicos que superan los límites de la ciencia económica.

Cuenta Sampedro que existen dos tipos de economistas: “Los que trabajan para que los ricos sean cada vez más ricos y los que trabajamos para que los pobres sean menos pobres”.
Este ensayo del viejo y entrañable economista y escritor es un claro ejemplo de su vocación y lucha por la justicia social.
Aquellos que quieran saber realmente qué es la inflación y sus causas no pueden dejar de leer este libro. No lo lamentarán.

martes, 8 de enero de 2013

"Los desorientados" de Amin Maalouf


Me regalaron un ejemplar de  “Los Desorientados” mis compañeras (y compañeros) de trabajo con motivo de mi marcha. Yo no les había hablado de mi debilidad por Amin Maalouf, así que me pareció sorprendente que acertaran con el libro.

Lo leí con el placer de quien desflora las páginas de un libro nuevo, y con el deleite de la lectura de una prosa que conjuga sencillez, poesía e inteligencia.

La novela, la última hasta el momento del autor, destila muchas de sus inquietudes: el concepto de identidad -una vez más-; las identidades religiosas, nacionales, culturales; la amistad a pesar de todas las diferencias; la guerra como elemento de desunión y diáspora; el concepto de patria; el amor, el sexo, la infidelidad, la lealtad, el pasado, el presente, el futuro incierto,…

Para alguien como yo, con una identidad también compleja, las novelas de Maalouf son un bálsamo. Cuando leo a Maalouf siento empatía por los personajes de sus novelas, y creo que ellos también la siente por mí. Nos entendemos.

En “Los Desorientados”, Adam, un profesor árabe de historia que lleva años viviendo en París, decide volver a su país después de décadas sin pisarlo con motivo de la enfermedad terminal de un antiguo amigo de juventud. La novela girará en torno al retorno a su patria, a sus amigos de juventud, en definitiva, a su pasado. El reencuentro y las reflexiones que éste suscita hilvanarán esta bella historia.

martes, 25 de diciembre de 2012

Las rifas para viaje de fin de curso

A mí nunca me ha tocado la lotería. Bien es cierto que tampoco hago lo más mínimo para merecerlo, o sea, jugar. Por Navidad me permito un pequeño dispendio; compro algún décimo, comparto otro, poca cosa. Son, podríamos decir, compromisos.

No he verificado todavía si este año me ha tocado. Entre lo improbable de ser agraciado, en la lotería me refiero, y que el teléfono de mi casa no se haya quemado a fuerza de sonar, deduzco que como cada año me tendré que consolar con aquello de que mientras haya un sistema de sanidad pública…

A veces pienso que esto de la lotería es una farsa, que a nadie le toca realmente, y que los presuntos premiados que salen en televisión brindando con cava catalán, champán o sidra achampañada (depending on the boycott) son en realidad actores. Pero no, he conocido a personas con credibilidad que ha conocido a otra gente, también respetable, que dicen saber de alguien que le tocó la lotería a un primo suyo. Luego, deber ser verídico.

Pero yo no quería hablar de la lotería nacional, sino de las rifas que se organizan en los institutos para financiar el viaje de fin de curso de los esarios (alumnos de la ESO).

Las calles de la ciudad están invadidas de estos especímenes que, sin miramientos, y a veces con tocamientos, te asaltan con esa carita de no haber roto nunca un plato, suplicando“¿me compra un número?. Encima te tratan de usted, ¡insensibles!.

Bien, yo suelo poner cara de Mr. Scrooge y rechazo negando lo justo con la cabeza.

Luego están las madres y padres que intentan comprometerte para que compres participaciones de sus hijitos. A veces lo consiguen (depending how you feel).

Sin embargo, lo que más me irritó fue cuando me enteré de cómo funcionaba el sistema de financiación. Resulta que lo recaudado no acaba en un fondo común, como yo suponía, y como era en mis tiempos de colegial. Según se ha establecido, cada vendedor se queda con la cantidad obtenida de los boletos que haya podido colocar. El argumento para defender este sistema frente al otro es simple. Dicen que si todo fuera a un fondo común nadie se esforzaría por vender, y que, por el contrario, el saber que cada uno recauda lo que vende les sirve de acicate para no caer en los males de nuestra sociedad, a saber: la pereza y la irresponsabilidad.

No niego que el argumento pueda tener su parte de razón; siempre habrá alguno más vaguete, o sencillamente más tímido, que venda menos que otros. Sin embargo, creo que teniendo la posibilidad de transmitir valores de cooperación, solidaridad o trabajo en equipo, estamos acentuando, perpetuando, esos otros valores individualistas que han impregnado la sociedad actual.

En el fondo, el mundo de los niños recrea el de los adultos. Si tenemos una sociedad agresiva, insolidaria e individualista y no hacemos nada por cambiar esos valores, no solo repugnantes, sino incluso contraproducentes –se obtiene más con la cooperación que con la competencia-, estamos condenados a malvivir en sociedades enfermas.

Seguro que más de uno, contaminado ya –aunque no sea consciente- de ideología liberal, hará una lectura incluso positiva del método por el que se financian los viajes de fin de curso. Los chavales –dirán- ya desde pequeños aprenden a luchar, a sobrevivir en una sociedad dura, a ganarse las habichuelas como Dios manda, a esforzarse, tal y tal,... No debemos mantener a vagos y a maleantes.

Yo, por el contrario, pienso que la escuela, un magnífico lugar para empezar a cambiar las cosas, debe transmitir –de hecho la mayoría de maestros y profesores lo hacen- valores cívicos que nos ayuden a mejorar la sociedad. Labor que muchas veces resulta estéril cuando la omnipresente publicidad les incita al consumismo desenfrenado, y cuando muchos padres, ya abducidos por el sistema, integran a sus hijos en este tipo de sociedad y de comportamientos.

Los que queremos cambiar las cosas sabemos que no será fácil, que el enemigo es muy poderoso y que hay muchos frentes en los que luchar. La escuela es uno de ellos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

León el Africano, de Amin Maalouf

“A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía.”

De esta manera se presenta el protagonista de esta bella novela del escritor Amin Maalouf. A partir de los pocos datos conocidos de un viajero del siglo XVI, el autor recrea las aventuras de este poeta, mercader, embajador, espía, geógrafo,...
León el Africano es por un lado una novela de aventuras: entretenida y trepidante. Catalogable, asimismo, como novela histórica, aunque, en cierto modo, todas lo son. En este caso nos traslada al Mediterráneo, al oriental y al occidental, al meridional y al septentrional de un convulso siglo XVI.

Es una novela de amores y de odios, de costumbre ancestrales, de sociedades impregnadas de religión y de superstición. De seres ambiciosos, y de otros de vidas sencillas.

Pero, ante todo, para mí, León el Africano es una novela que trata del concepto de identidad. De su complejidad y de su fragilidad, y así como de la utilización que del mismo ha hecho al hombre para enfrentarse a otros hombres.


Nota: el tema de la identidad, o de las identidades, mejor dicho, es una constante en las preocupaciones de Maalouf. El autor teoriza ampliamente sobre ello en “Las identidades asesinas”, que comenté en este mismo blog.

viernes, 9 de noviembre de 2012

¿Me dice su nombre para dirigirme a usted?


Quiero contar mi experiencia para evitar que otros pasen por el mismo trance. Como no deseo mencionar la empresa para no dañar su imagen -disculpen si me río- vamos a llamarla NARANJA. Es una conocida empresa de telefonía que publicita servicios a precios aparentemente baratos, o como dicen ahora,  competitivos. Por razones oscuras que ni yo mismo conozco,  abrigo una tendencia casi natural a desconfiar de las empresas. No sé por qué siento que sólo les interesa mi dinero y no valoran otros aspectos de nuestra relación.
Me informé en tiendas NARANJA, que en realidad son franquicias. Me contaron las condiciones y precios del producto bastante bien, salvo en el sentido de omitir el pequeño detalle de que si contrataba directamente con la compañía me resultaría más barato. Es humano, comprendo el olvido.
Llamé varias veces por teléfono, y los comerciales que me atendieron me abordaban sistemáticamente con un “¿me dice su nombre para dirigirme a usted?”. Ya empezamos mal. Soy extremadamente celoso en cuanto a proporcionar datos personales. Pienso en  la opción de darle un nombre falso, pero a continuación me pide el nombre de la calle donde vivo, número, piso y puerta. Eso ya me irrita. Arguye que es para comprobar si hay cobertura. Parece razonable. Le proporciono el nombre de mi calle ,pero otro número próximo al mío y me niego a decirle piso y puerta, le hago saber que no lo estimo necesario. A regañadientes, accede. Tras el sonido de estar alguien tecleando al otro lado del hilo telefónico  escucho: ¡fantástico!, tiene usted la máxima cobertura -la comercial se va animando- ¿qué le parece nuestro producto?. Seguramente esperaba que yo cayera rendido a sus brazos, pero le digo que me lo tengo que pensar. Me despido y cuelgo educadamente.
Consulto la Web de la compañía y observo lo que me parecen algunas contradicciones. Vuelvo a llamar, de hecho lo haría varias veces, y encuentro serios problemas para obtener información a no ser que me doblegue a proporcionales los datos personales. Fíjense que, de momento, sólo estoy llamando para informarme, y así lo hago saber. Nada, si no me identifico, no me informan.
Al final, cuando creo resueltas mis dudas (por supuesto, desmenuzando la desinformación que aparece en su inextricable página Web), me decido a hacer la contratación on line. Sigo los pasos con sumo cuidado, y al final, en la última página donde aparecen todos los datos, se me ofrece la posibilidad de imprimirlo pinchando un icono en la parte inferior izquierda de la pantalla. De acuerdo, tras hacer clic en ese icono se despliega un PDF, visiblemente idéntico a la última pantalla. Lo imprimo. Cierro las pantallitas y marcho satisfecho.
Al día siguiente me da por leer la hoja impresa. ¡Hijos de puta!. -pienso en voz alta-.La información, que aparentemente era idéntica a la de la última pantalla del contrato a la que llegué mientras navegaba, resulta no serlo. El precio que aparecía no era el de la promoción, sino el habitual de la compañía, tampoco había constancia de las promociones que se incluían (llamadas gratuitas a móviles NARANJA y otras).  Indignado –una vez más- llamo a la compañía. No quiero cansar al lector con las tribulaciones por las que pasé, así que abrevio. La cosa es que al final se me hincharon las amígdalas y los llamé para cancelar la contratación. Ni siquiera  ese trámite fue sencillo, tuve que realizar varias llamadas, me pasaron a departamentos equivocados, tuve que contar la historia siempre desde el principio, en fin, lo que se dice una experiencia kafkiana. Finalmente, logré, creo –estoy pendiente de confirmación-, cancelar la contratación. Y ahora que me he desvinculado por fin de NARANJA,  tras un brevísimo pero intenso idilio, vuelo a ser un hombre feliz.

Un consejo, amiguitos: no aceptéis caramelos de desconocidos, y mucho menos si son de naranja.

martes, 30 de octubre de 2012

La Gran Transformación, de Karl Polanyi


Después de haber leído en distintos libros y artículos de economía referencias a “La Gran Transformación” de Karl Polanyi, me dije: tienes que conseguir ese libro y leerlo. No fue fácil, a pesar de tratarse de un clásico de historia económica y social está agotado en la mayoría de librerías de este país. Tras mucho buscar, localicé una edición  mexicana, de encuadernación humilde, la que aparece en la ilustración,  en una librería de Zaragoza, “Cálamo”.


Es un ensayo publicado en 1947, y trata de la gran transformación que supuso para la sociedad el paso de una sociedad pre-capitalista a otra plenamente capitalista o mercantilista. Los orígenes estarían en el siglo XV pero la plenitud llegaría en el XIX. Dicha transformación supuso una enorme dislocación social, y la sociedad buscó maneras de protegerse del nuevo sistema. El liberalismo económico confió ciegamente en el mercado autorregulado, pero este fracasó.  Una demostración de lo quimérico del sistema es la aparición de distintas respuestas a ese modelo: el fascismo (que económicamente siguió siendo capitalista) o el comunismo. 
El autor desmenuza distintas ideas, todas ellas muy interesantes. Voy a referirme sólo a algunas de ellas.




La Revolución Industrial del siglo XVIII registró un progreso casi milagroso en los medios de producción, pero a su vez, supuso una dislocación catastrófica en la vida de las gentes del pueblo. Destruyó el tejido social, y arrojó al hombre, antes arropado por la familia, la parroquia o  la comunidad, al individualismo de la fábrica. El trabajo, así como otros factores de producción: la tierra y el dinero, fue convertido en una mera mercancía.
Fue una conversión forzada, una ficción, pues las mercancías han sido tradicionalmente bienes creados para ser comprados y vendidos.
En ese mercado, el precio que se paga por el trabajo es el salario, y el trabajador se encuentra muchas veces abocado a aceptar salarios muy bajos y pésimas condicionas laborales so pena de morir por inanición.
En las sociedades tradicionales, nos recuerda el autor, rara vez un individuo moría de hambre salvo que la hambruna afectara a toda la comunidad. Existían lazos de solidaridad que el capitalismo cortó.


Otra de las ideas que expone Polanyi pretende corregir la visión transmitida por la ideología liberal de que el mercado es algo natural en el hombre. Esa manida idea de que el ser humano siempre ha sentido propensión a intercambiar bienes. Según Polanyi el intercambio ha sido tradicionalmente algo muy secundario. Las comunidades se proveían de cuanto necesitaban y lo repartían entre sus miembros según criterios redistributivos al margen del mercado. Por supuesto que existía el mercado, pero su importancia era muchísimo menor antes de la llegada del mercantilismo.


Tampoco, para el autor, la búsqueda del dinero o riquezas ha sido históricamente el aliciente que haya movido a los hombres. Más bien ha sido la búsqueda de prestigio social, que a veces, eso sí,  requería de la posesión de bienes, pero incluso en estos casos, la posesión de bienes es un medio y no un fin es si mismo.


Retomando el tema del mercado de trabajo, Polany nos ofrece un ejemplo conocido y muy interesante.


Cuando los ingleses cuando llegaron a sus colonias en el Pacífico, propusieron a los aborígenes trabajar para ellos a cambio de un salario. Estos no estaban por la labor; se proveían de alimentos y de cuanto necesitaban por otros medios: recolección, reparto o redistribución entre los miembros de la comunidad. Entonces, los ingleses talaron todos los árboles del pan, importante fuente de alimento para los nativos. Es decir, crearon escasez de manera artificial. Además les obligaron a pagar tasas por las viviendas –chozas- donde vivían. Así fue como los británicos les dieron la bienvenida al maravilloso mundo del trabajo libre.


Según Polanyi el liberalismo fue planeado, mientras que el proteccionismo social es la necesaria reacción espontánea a la dislocación social provocada por un mercado libre. El autor no niega que el mercado autorregulado haya traído una espectacular abundancia material, pero entiende que se trata de un punto de vista demasiado parcial y estrecho. Convertir la tierra, el trabajo y el dinero en meras mercancías es un grave error,  pues cada una de ellas posee características y cualidades que no se expresan en la racionalidad formal del mercado, subordinando la esencia de la sociedad a las leyes del mercado.

Para ir concluyendo, éstos y otros aspectos trata el autor en esta obra maestra de la historia económica y social de los siglos XIX y XX (hasta mediados). Lo económico es indisociable de lo social, no debemos caer en el error, como se está cayendo en la actualidad, de pensar que la esfera económica está fuera y por encima de la esfera social y de la esfera política. Hay que someter lo económico a lo político y, en definitiva, a lo social.