martes, 30 de octubre de 2012

La Gran Transformación, de Karl Polanyi


Después de haber leído en distintos libros y artículos de economía referencias a “La Gran Transformación” de Karl Polanyi, me dije: tienes que conseguir ese libro y leerlo. No fue fácil, a pesar de tratarse de un clásico de historia económica y social está agotado en la mayoría de librerías de este país. Tras mucho buscar, localicé una edición  mexicana, de encuadernación humilde, la que aparece en la ilustración,  en una librería de Zaragoza, “Cálamo”.


Es un ensayo publicado en 1947, y trata de la gran transformación que supuso para la sociedad el paso de una sociedad pre-capitalista a otra plenamente capitalista o mercantilista. Los orígenes estarían en el siglo XV pero la plenitud llegaría en el XIX. Dicha transformación supuso una enorme dislocación social, y la sociedad buscó maneras de protegerse del nuevo sistema. El liberalismo económico confió ciegamente en el mercado autorregulado, pero este fracasó.  Una demostración de lo quimérico del sistema es la aparición de distintas respuestas a ese modelo: el fascismo (que económicamente siguió siendo capitalista) o el comunismo. 
El autor desmenuza distintas ideas, todas ellas muy interesantes. Voy a referirme sólo a algunas de ellas.




La Revolución Industrial del siglo XVIII registró un progreso casi milagroso en los medios de producción, pero a su vez, supuso una dislocación catastrófica en la vida de las gentes del pueblo. Destruyó el tejido social, y arrojó al hombre, antes arropado por la familia, la parroquia o  la comunidad, al individualismo de la fábrica. El trabajo, así como otros factores de producción: la tierra y el dinero, fue convertido en una mera mercancía.
Fue una conversión forzada, una ficción, pues las mercancías han sido tradicionalmente bienes creados para ser comprados y vendidos.
En ese mercado, el precio que se paga por el trabajo es el salario, y el trabajador se encuentra muchas veces abocado a aceptar salarios muy bajos y pésimas condicionas laborales so pena de morir por inanición.
En las sociedades tradicionales, nos recuerda el autor, rara vez un individuo moría de hambre salvo que la hambruna afectara a toda la comunidad. Existían lazos de solidaridad que el capitalismo cortó.


Otra de las ideas que expone Polanyi pretende corregir la visión transmitida por la ideología liberal de que el mercado es algo natural en el hombre. Esa manida idea de que el ser humano siempre ha sentido propensión a intercambiar bienes. Según Polanyi el intercambio ha sido tradicionalmente algo muy secundario. Las comunidades se proveían de cuanto necesitaban y lo repartían entre sus miembros según criterios redistributivos al margen del mercado. Por supuesto que existía el mercado, pero su importancia era muchísimo menor antes de la llegada del mercantilismo.


Tampoco, para el autor, la búsqueda del dinero o riquezas ha sido históricamente el aliciente que haya movido a los hombres. Más bien ha sido la búsqueda de prestigio social, que a veces, eso sí,  requería de la posesión de bienes, pero incluso en estos casos, la posesión de bienes es un medio y no un fin es si mismo.


Retomando el tema del mercado de trabajo, Polany nos ofrece un ejemplo conocido y muy interesante.


Cuando los ingleses cuando llegaron a sus colonias en el Pacífico, propusieron a los aborígenes trabajar para ellos a cambio de un salario. Estos no estaban por la labor; se proveían de alimentos y de cuanto necesitaban por otros medios: recolección, reparto o redistribución entre los miembros de la comunidad. Entonces, los ingleses talaron todos los árboles del pan, importante fuente de alimento para los nativos. Es decir, crearon escasez de manera artificial. Además les obligaron a pagar tasas por las viviendas –chozas- donde vivían. Así fue como los británicos les dieron la bienvenida al maravilloso mundo del trabajo libre.


Según Polanyi el liberalismo fue planeado, mientras que el proteccionismo social es la necesaria reacción espontánea a la dislocación social provocada por un mercado libre. El autor no niega que el mercado autorregulado haya traído una espectacular abundancia material, pero entiende que se trata de un punto de vista demasiado parcial y estrecho. Convertir la tierra, el trabajo y el dinero en meras mercancías es un grave error,  pues cada una de ellas posee características y cualidades que no se expresan en la racionalidad formal del mercado, subordinando la esencia de la sociedad a las leyes del mercado.

Para ir concluyendo, éstos y otros aspectos trata el autor en esta obra maestra de la historia económica y social de los siglos XIX y XX (hasta mediados). Lo económico es indisociable de lo social, no debemos caer en el error, como se está cayendo en la actualidad, de pensar que la esfera económica está fuera y por encima de la esfera social y de la esfera política. Hay que someter lo económico a lo político y, en definitiva, a lo social.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Visita al médico por un problema puntual

Cuando le dije a mi médico de cabecera que tenía problemas con los signos de puntuación me miró desde su bata blanca, por encima de unas gafas redondas, con aire de preocupación. Me preguntó qué me ocurría exactamente. Le conté que en ocasiones dudaba con los signos de puntuación. Si debía poner coma el final de determinadas frases o no. Si sería mejor un punto o, tal vez, un punto y coma. Por ejemplo -le dije- me preocupan mucho los “sin embargo”. El otro día estaba en el ordenador de mi casa escribiendo un pequeño relato y mientras escribía “Detestaba todo de ella y, sin embargo, la odiaba”, dudé si lo correcto sería escribir “Detestaba todo de ella y sin embargo la odiaba”,”. ¿Entiende lo que le digo, doctor?. Él asintió y continuó con sus preguntas. ¿Qué enfermedades ha pasado de niño?. Le dije que todas las habituales. Me preguntó, ¿y la gramática?, también –respondí- cuando iba a primaria.
Bien, –seguía con sus preguntas- ¿ha observado problemas con la sintaxis, la ortografía o la fonética?. Le dije que no, al menos que yo fuera consciente. Hombre, cuando escribía en catalán, en ocasiones dudaba con los pronombres débiles, pero que eso le pasaba a muchos catalanes y que tampoco me parecía tan grave.
A continuación se interesó por la alimentación. Con la mirada esquiva le dije que más o menos consumía de todo, variado y sano. No convencido me preguntó exactamente qué ingería. Me sinceré. Básicamente novelas del siglo XIX y XX y ensayos. Puso el grito en el cielo. Eso está bien, pero ¡¿y la poesía?!, ¡¿y el teatro?!. Le dije que el teatro era superior a mí, que no lo soportaba; me molestaba páginas y páginas llenas de diálogos y ningún narrador. Y en cuanto a la poesía, le dije que sólo la consumía de vez en cuando, que por lo general me resultaba indigesta. Que únicamente toleraba a poetas que escribieran de manera sencilla y comprensible como Antonio Machado o Ángel González. Me dijo que lo entendía, que le pasaba a la mayor parte de la población, pero que era importante mantener una dieta equilibrada y variada. No podemos nutrirnos solo de lo que nos gusta –aseveró-.
Indagó sobre si había antecedentes en mi familia, y le dije que sí, y con enfermedades mucho más graves. Que mis padres apenas habían cursado la educación primaria, y que eso deja secuelas para el resto de la vida. No eran analfabetos, pero sí tenían serios problemas con la sintaxis, la fonética y la ortografía.
Finalmente, me indicó que si no toleraba el teatro, podía sustituir sus nutrientes por novelas ricas en diálogos, pero que la poesía no debía olvidarla, que era muy necesaria, y no solo para escribir correctamente –añadió –sino, sobre todo, para alimentar un espíritu libre.
También me prescribió reposo absoluto durante al menos unos días, que no escribiera nada más que lo necesario, que utilizara frases cortas separadas por puntos, y que, sobre todo, evitara las subordinadas y los elementos conectivos y los relacionantes, que con el tiempo podría mejorar algo pero nunca esperara escribir como Marcel Proust.
Le di las gracias y marché con un ejemplar de “El Jarama” que me había pautado.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

La Diada de l´ engany

Quan li vaig contar a un amic anglès que l´onze de setembre commemoràvem una derrota es va estranyar. Em va dir que ells, els anglesos, només celebraven les victòries. Sembla que hi ha un punt de masoquisme en el caràcter català o, tal vegada, no hi ha hagut massa moments a la nostra història per treure-hi pit.
Ara sembla que molts catalans treuen pit per exigir a Madrid una relació diferent.

CiU posa a la seva fulla de ruta el pacte fiscal, i, amb veu de ventríloc parla de llibertat (del país)  i independència, per anar fent boca.
Altres partits polítics i asociacions exhibeixen sense ambages la seva vocació secessionista.
N´estic segur que CiU no desitja la indepèndencia; la seva base tradicional, l´empresariat català, no els convé.  CiU està jugant de farol. La coalició és conscient de la debilitat actual des PSC. Només li fa nosa el PP català (perdó per la contradicció) i segurament avançarà les eleccions per aconseguir una majoria absoluta. Un escenari molt previsible i probable, per desgràcia.
Per aconseguir aquesta majoria, CiU sap que ha d´arribar a la fibra sensible de molts catalans, i és ací on fa l´entrada aquest discurs de l´ Estat propi.
CiU sap perfectament que amb la majoria del PP a Madrid mai no aconseguiran l´anhelat pacte fiscal. De indepèndencia, ni parlar-ne.
Per altra banda, vull deixar palès que les aspiracions independentistes de molts catalans em mereixen tot el respecte, però s´equivoquen si pensen que un Estat català serà un oasi de riquesa i prosperitat en un sud europeu cada vegada més deprimit.
Les solucions als problemes materials de la població no els hem de buscar en el marc geogràfic, sino en les polítiques socials. De res serveix (a la majoria de la població) una Catalunya independent si està governada per un partit (una coalició en aquest cas)  conservador com CiU.
Em penso que a Catalunya els discursos identitaris tenen un protagonisme excessiu a la premsa, i amaguen les necessitats materials d´una població cada cop més explotada i oprimida. Cal recuperar la consciència de classe per lluitar contra el veritable enemic: les polítiques neoliberals.

viernes, 20 de julio de 2012

Delincuentes habituales (por Liliana Bastián)


El otro día recibí un E-mail de una amiga, Liliana Bastián,  que escribe muy bien y que tiene cosas interesantes que contar. El correo contiene un escrito en el que esta resentida social se despacha a gusto sobre la culpa de los ciudadanos de este país en haber llegado donde hemos llegado. Lo más o menos novedoso del planteamiento es que sin exculpar a políticos corruptos o/y ineptos, empresas insaciables y otra fauna, reivindica la responsabilidad de nosotros, los ciudadanos, en la situación actual. Pero, mejor os dejo con Liliana…



Delincuentes habituales… 

( ... o salir de la crisis planteando los problemas de forma diferente)


       Si de quien roba a un ladrón se dice que tiene cien años de perdón, ¿qué podríamos decir de los que compran la mercancía que ha robado otro? pues va a haber que inventar un refrán que resuma lo que los juristas denominan "receptación", que es el término que se aplica al acto mediante el cual, un sinvergüenza se aprovecha a medias de lo que otro sinvergüenza le ha quitado a un inocente, después de que éste lo ganara con su esfuerzo y por medios honestos.

      Y cuando pillan al segundo sinvergüenza in fraganti, adquiriendo la mercancía robada por el primer sinvergüenza, no le sirve alegar que él ignoraba la procedencia de ese artículo, que actuaba de buena fe, que su economía no le permitía pagar más de lo que se le pedía por él, que si fue crudo o que si no coció, porque de todas formas se le considera un delincuente, lo que sin duda son(somos) todos los consumidores, en mayor o menor medida, cuando nos tiramos a comprar lo más barato sin pararnos a mirar o a pensar en nada más que en nuestra conveniencia más inmediata, es decir, el precio en cifras que nos aparece en la etiqueta o en la página web.


     Pero, ¿alguna vez nos interesamos por lo que vale realmente cada uno de los objetos o servicios que pagamos? ¿sabemos si las personas que los realizan lo hacen en las mismas condiciones que desearíamos para nosotros o para nuestros amigos y seres queridos? ¿sabemos acaso qué daño estamos causando a nuestro país, región o pueblo, cuando optamos por un artículo sin interesarnos por su procedencia, simplemente porque es más barato y quizá porque así podemos atiborrarnos con él, en vez de escoger el otro y conformarnos con menos cantidad?

    Y que conste que esto último no significa necesariamente que sea bueno enriquecer a empresas españolas, ya que como todos hemos leído y escuchado, muchas o la mayoría de ellas, han establecido sus sedes en países aún más pobres que el nuestro, en donde no pagan seguridad social ni respetan ninguno de los derechos laborales que, finalmente, están acabando por desaparecer también en España, o contratan aquí mano de obra extranjera, sumisa y con un nivel de aspiraciones todavía más bajo que el nuestro. No, por desgracia ya no es tan sencillo como decir "compra productos de empresas españolas" porque esa consigna hoy día significa muy poco o nada en un número de casos tan elevado que la hacen inútil.


     Entonces, ¿qué? ¿qué compramos o cómo invertimos nuestro escaso dinero, de forma que podamos sobrevivir sin cebar al mismo tiempo a la bestia que nos está comiendo a todos nosotros, directamente o valiéndose de sus carísimas marionetas, los politicos y la realeza parásita? En el momento actual, responder a esta pregunta es muy difícil, ya que una gran parte de la población está atravesando momentos de extrema dificultad, y no puede plantearse un cambio en sus pautas de consumo, puesto que ese numeroso grupo de personas (en el cual me puedo incluir yo también) ni siquiera se considera a sí mismo consumidor, sino más bien un mero superviviente.


   Yo no sé cómo invertir mis cuatro euros para poder alcanzar dos de los objetivos qué más me interesan como ser humano: sobrevivir y al mismo tiempo, cambiar el mundo, este mundo en el que me tocó vivir y que me repugna por sus injusticias y su extrema crueldad. No sé cómo invertir esos cuatro euros míos, pero sí tengo muy clara una cosa: que no compramos cosas baratas porque somos pobres, sino que nuestra pobreza actual y futura se debe a que siempre hemos comprado cosas baratas, de una forma temeraria y eludiendo día a día el grado de responsabilidad que siempre hemos tenido -y tenemos- en hechos tan graves como el alto nivel de paro al que hemos llegado actualmente, o el enriquecimiento de multinacionales y grandes empresas que nos explotan a nosotros en nuestro país, o a otros infelices en el suyo, ya sea cobrando precios abusivos por servicios básicos o condenando a los trabajadores y a sus familias a la miseria, igual que acabó ocurriéndonos a nosotros al final.


     ¿Hacía falta que nos viéramos en las mismas circunstancias que esas otras personas para que pudiéramos comprender el perjuicio que les hemos estado causando durante los anteriores treinta años, mientras engordábamos las cuentas bancarias de sus amos? ¿era necesario que acabáramos nosotros mismos sufriendo todas esas penalidades para que nos diéramos cuenta del verdadero precio que estuvimos pagando por ser unos compradores irresponsables? Por lo visto, sí que era necesario.


   Y ahora es cuando me viene a la memoria un refrán que sirve para describir nuestra conducta delictiva como ciudadanos que apoyaron y apoyan negocios de ladrones, a saber, "tanto peca el que roba, como el que le sujeta la escalera". Sospecho que vamos a tener suficientes ocasiones para reflexionar sobre todo esto ahora y durante mucho más tiempo en el futuro, y si alguien sigue pensando que no es inmoral ni destructivo aceptar ofertas comerciales tentadoras, teniendo en cuenta únicamente el beneficio personal e inmediato y cerrando los ojos a todo lo demás, entonces estará también en condiciones de comprender y perdonar a todos los que a niveles superiores, han hecho exactamente lo mismo con el esfuerzo y el dinero de todos. 


Un saludo a tod@s de Liliana Bastián Rodríguez

miércoles, 18 de julio de 2012

Algunas preguntas que respondería un niño de cinco años





¿A quiénes benefician las políticas neoliberales?


A la banca alemana, que se beneficia de los flujos de capital periferia-centro. A la clase empresarial exportadora alemana. Los países periféricos no pueden aumentar su competitividad devaluando su moneda. Al Estado alemán, que se financia muy baratito gracias a sus bonos, considerados “valor seguro”, debido, en gran medida, a la especulación sobre la deuda pública de los países periféricos.A la banca española, que se beneficia del endeudamiento de las familias y de pequeñas y medianas empresas.A la gran patronal española, que está consiguiendo el viejo sueño de la eliminación de la protección social y del debilitamiento de los trabajadores y de sus instrumentos,  como los sindicatos.A las rentas altas, cuyos ingresos, básicamente rentas de capital, se benefician de un tratamiento fiscal altamente regresivo.

¿A quiénes perjudican?

A todos los demás, a la mayoría de la población.


Los gobiernos dicen que no hay alternativas, ¿es eso cierto?

Falso, las decisiones económicas se basan siempre en alternativas, si no hay alternativas es que no se trata de una decisión económica. Por ejemplo, decidir la no construcción de un puerto de mar en Madrid no es una decisión económica. Las decisiones económicas, por tanto, se toman en función de distintas opciones; la elección de una u otra tiene efectos distintos, normalmente, beneficia a unos y perjudica a otros.


¿A qué tipo de sociedad conducen las políticas neoliberales?
No es necesario teorizar, muchos países del mundo ya han sufrido estas políticas y los resultados están a la vista. Desmoronamiento del Estado del Bienestar (donde lo había), mayor desigualdad social, y por tanto, menor cohesión social, mayores cotas de delincuencia y de violencia, pérdida de calidad democrática, precarización del trabajo, pérdida de derechos laborales y sociales, represión,...


Dicen que los españoles hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, ¿es eso cierto?
Esa frase es, desde un punto de vista lógico, una contradicción en términos. ¡Es imposible que alguien pueda vivir por encima de sus posibilidades! Si son sus posibilidades (de vivir), ¿cómo podría vivir alguien por encima? El lector bufará para luego matizar, “bueno, me refiero a vivir del crédito”. Respuesta: el crédito también forma parte de sus posibilidades, de hecho, es la base del sistema capitalista y, además, sin crédito no hay crecimiento.


¿Se ha hecho un uso excesivo del crédito?

Pues sí, efectivamente, pero las entidades financieras han sido las primeras interesadas en fomentar este tipo de comportamiento, y han sido las clases altas y las grandes empresas –existen datos sobre ello- las que más han se han endeudado.


Si vivimos en una democracia, ¿Por qué los representantes elegidos por el pueblo actúan contra él?

Porque en realidad vivimos en un remedo de democracia, una apariencia, una fachada. El poder político está hoy controlado por las grandes empresas y por la banca, o dicho de otro modo, por los ricos y los superricos; de ahí que las políticas tiendan a favorecer a estas clases en detrimento del resto.
Lógicamente, se trata de ocultar esta realidad haciendo creer a la población que vive en una verdadera democracia. Sin embargo, esta concepción de la democracia  limita la participación política de los ciudadanos exclusivamente a votar en elecciones cada cierto tiempo. Es la política institucional -según esta concepción- la que debe ocuparse de los asuntos públicos. Los ciudadanos tienen vedado hacer política, deben consumir, ver televisión, fútbol, telenovelas, etc., y acatar  las decisiones de los que mandan, que además, son los que entienden.
Los grandes medios de comunicación, en manos de los poderes financieros e industriales, colaboran a transmitir esa (falsa) idea de democracia.


¿Qué ocurre cuando movimientos como el 15-M cuestionan la labor de los políticos y el sistema?
Pues que el propio sistema, a través de los grandes medios de comunicación, trata de desacreditar a estos movimientos sociales. La propaganda negativa los califica de ingenuos -en el mejor de los casos-, antisistema, radicales, violentos,… en definitiva, peligrosos para la sociedad.
La utilización de la policía para reprimir las voces disonantes y la elaboración de leyes para perseguir la disidencia completan el cuadro represor.


Parece que todo esto pinta bastante mal, ¿está todo perdido?
Todavía no.

¿Hay esperanza?
¡Por supuesto, la esperanza es lo último que se vende!

miércoles, 20 de junio de 2012

Últimas tardes leyendo últimas tardes con Teresa


Las tardes de junio son buenas para leer Últimas tardes con Teresa. Los días son largos y la luz del día acaricia hasta tarde las páginas de un libro. Ovillado en el sofá leo en voz alta mientras Laura escucha ilusionada.
La novela de Marsé nos traslada a la Barcelona de los años cincuenta. La historia: el encuentro entre el Pijoaparte, un inmigrante del sur que malvive delinquiendo y Teresa Serrat, una estudiante universitaria, burguesita y de izquierdas. Un amor imposible entre dos mundos opuestos. El reflejo de una época gris, y una retahíla de topónimos que evocan mi barrio, mi ciudad y mi tierra. El Carmelo, la calle Gran Vista, la Calle Cartagena junto al Hospital de Sant Pau, el Parque Güell, la Avenida Virgen de Montserrat, el Paseo Maragall,… y ya fuera de Barcelona, una torre -como llamamos en Catalunya a los chalets- en Blanes.  Y allí donde nace la Costa Brava, un roquedo, un pinar, unas olas que escupen algas, un día de verano, soleado, un cielo azul solo violentado por algunas nubes deshilachadas.
Últimas tardes con Teresa es una de las novelas más bellas que he leído jamás. Yo, acurrucado en el sofá, y ella tumbada sobre una manta con la mirada perdida en esa Barcelona de posguerra.
Lector o lectora impenitente, si no la has leído, no sabes lo que te has perdido, ¡corre a cogerla!, aún es junio y los días todavía son largos.

miércoles, 13 de junio de 2012

23 cosas que no te cuentan del capitalismo


En la portada aparecen dos perros; uno es desproporcionadamente grande con respecto al otro. Entre ellos el título del libro: “23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo”. Frase sugerente que me animó a leerlo.
Escrito por el coreano Ha-JoonChang, especialista en economía del desarrollo y profesor de economía en Cambridge, el libro repasa 23 mitos del capitalismo que el autor trata de desenmascarar.
El profesor Chang advierte en las primeras páginas que se considera un economista partidario del sistema capitalista, luego su crítica no es contra el sistema en sí, sino contra su versión más salvaje: el neoliberalismo. Estamos, pues, ante un socialdemócrata. Bien, hechas las presentaciones voy a comentar los tres primeros mitos para ir abriendo boca.

El mercado debe ser libre, dicen los neoliberales. Si interviene el gobierno los recursos dejan de fluir con la máxima eficacia; si la gente no puede hacer lo que le resulta más rentable, pierde alicientes para invertir e innovar.
Falso: Todos los mercados tienen reglas y límites, acotan la libertad de elección. No existe un mercado objetivamente libre. Pensemos, por ejemplo, en la legislación sobre trabajo infantil (cuando se suprimió algunos protestaron enérgicamente: si un niño quiere trabajar y un empresario lo necesita, ¿quién es el gobierno para impedirlo?). También hubo un tiempo en que se comerciaba con seres humanos (esclavos). Afortunadamente, también ahí se limitó la libertad de mercado. En realidad, la tendencia ha sido introducir más normas. Así cuando un economista neoliberal dice que no hay que introducir una regulación determinada porque limitaría la “libertad” de un determinado mercado, no hace sino manifestar una opinión política, la de que rechaza los derechos que defendería la ley propuesta.

Otro de los mitos es aquél que considera que los directivos de las empresas están interesados en el éxito de la empresa, ya que eso redunda en beneficio de los propietarios (accionistas).
Lo cierto es que salvo cuando un solo accionista tiene muchas acciones, los accionistas tienen mucha movilidad (venden y compran acciones), luego, les interesa más el beneficio a corto plazo que un proyecto de empresa sostenible. De hecho son los que menos se implican en su viabilidad a largo plazo, ya que fácilmente pueden salirse de la empresa vendiendo sus acciones.
En países como Alemania los trabajadores, más interesados en la viabilidad de la empresa a largo plazo que los accionistas, tienen representación en el Consejo de Administración. El modelo de las cooperativas también permite que el capital no abandone a los trabadores (ya que son también los propietarios) en busca de mercados de trabajo donde la mano de obra resulte más barata.

Tercer mito: Se paga en función de la productividad. Sólo el mercado laboral libre puede retribuir a las personas de una manera eficaz y justa.
En realidad, la principal causa de la brecha salarial entre países no son las diferencias de productividad sino el control de la inmigración. Ejemplo: un conductor de autobús sueco que cobra 50 veces más que el conductor de Rickshaw indio, pero la razón no está en la productividad de cada uno, es más, seguramente el conductor indio es más habilidoso que el sueco. En realidad la productividad viene dada por el sistema socioeconómico en el que se mueven (mejor tecnología, mejor organización, mejores instituciones, mejores infraestructuras,..Y todo ello debido a acciones colectivas que se  han forjado durante generaciones).

Como avancé al principio no voy a desvelar toda la trama del libro, invito a lector o lectora a que lo descubra. Aunque sea un libro que trata de economía, se lee de forma amena y es de fácil comprensión.