jueves, 13 de julio de 2017

El comercial que me quiso estafar

Voy a relatar algo que me sucedió hace unos días.
Suena el timbre y levanto el interfono. Al otro lado, una voz de hombre que desconozco pregunta por mí (con mi nombre completo), y dice que han intentado contactar conmigo desde hace seis meses por un error en mi factura del gas. Le franqueo la puerta del edificio y sube. Es un joven de unos treinta años, acompañado de otro joven que, como me diría más adelante, está aprendiendo.
Me muestra en una tablet una factura de ejemplo para que entienda lo que le ocurre a mi factura. Según él hay un error en la misma: me estarían facturando dos empresas distintas (Gas natural y FECSA Endesa), y si no soluciono el problema en el plazo de dos días, se entenderá como una renovación con ambas por un año más. Todo me suena muy extraño; le digo que no entiendo nada. Me dice que si le muestro mi factura me lo explicará. Le digo que no la tengo a mano, lo cual es cierto pues las recibo por correo electrónico, pero, en ningún caso –pienso- le mostraría mi factura.  Intenta, no obstante, explicar lo que ocurre. Es todo muy confuso. Estaría –según él- con una comercializadora y con una distribuidora a la vez, y por eso pago más de lo que debería. Le digo que toda esta historia me parece muy extraña, pero que, no obstante, comprobaré mis facturas. También le advierto que en este momento no voy a tomar ninguna decisión. Se ofrece a pasar en un día o dos para solucionar el problema. Marchan él y su compinche.

Me ha puesto nervioso. Llamo por teléfono a la empresa con quien tengo contrato de suministro de gas (Gas natural). Mientras estoy contando la historia me siento ridículo, cada vez veo más claramente lo que la empleada me confirma: en mi factura no hay nada irregular –luego lo comprobé yo mismo-, se trata de un comercial que simplemente pretende que cambie de empresa suministradora, y por lo visto, no escatima en estrategias que no es solo que sean éticamente reprobables, sino que además podrían incardinarse como delito de estafa del Código Penal. En este caso en grado de tentativa.

¡Qué hijo de puta!

Tengo advertido a mis ancianos padres de que cuando vengan comerciales ofreciendo cambiar compañía de electricidad, telefonía, gas, agua, seguros,…que no hagan caso, que ni siquiera abran la puerta o que los larguen pronto y, por supuesto, que no les proporcionen ninguna información. Con ello no quiero decir que no pudiesen obtener mejores precios y/o servicios; es posible que en ocasiones así fuera, pero resulta tan complicado hoy en día entender todos los términos del contrato, que ni siquiera yo contrataría nunca nada con ningún comercial que viniese a casa o que me llamase por teléfono. Antes de cambiar de compañía trato de buscar toda la información en Internet, lo cual, por cierto, tampoco es siempre  fácil.

Pero volviendo a esta historia, lo que yo jamás hubiese imaginado es que uno de esos comerciales casi consiguiera engañarme. En ningún caso hubiera consumado su fechoría, pero sí logró sembrar dudas con su narración.


Han pasado ya varios días y el comercial-delincuente no ha vuelto por mi casa, ni volverá. Me hubiese gustado reencontrarme con él. Lo habría mirado con cara asesina y le habría espetado: cuéntame otra vez lo del otro día porque no lo acabé de entender, pero esta vez lo vamos a grabar, por tu propia seguridad…


jueves, 29 de junio de 2017

San Amancio, bueno, mártir





Ayer sin ir más lejos leí otra “Carta al director” en un diario local en la que se encomiaba la donación de 320 millones de euros del dueño de Inditex Amancio Ortega para la adquisición de máquinas contra el cáncer. En el mismo panegírico se aprovechaba –ya puestos- para despotricar de algunas voces de Podemos, que critican la donación hasta el extremo de abogar por el rechazo de la suma, sin paliativos.
El País, periódico sedicentemente progresista, aplaudía, digo titulaba: “Pacientes y sanitarios aplauden las donaciones de Amancio Ortega”. Reacciones parecidas en toda la prensa nacional.

El argumento para el rechazo es el siguiente: desde una concepción de Estado social, al que debemos tender, Amancio Ortega debería pagar esa cantidad, y seguramente mucho más, a través de los impuestos. En un Estado verdaderamente social, las donaciones, la limosna, no tendrían cabida.

El razonamiento para la aceptación de la donación es más variado: desde posiciones más tradicionalistas, donde la cultura de la limosna está perfectamente aceptada e interiorizada, hasta otras que, aun entendiendo como deseable la vía del Estado social, consideran que mientras este no esté plenamente desarrollado, las donaciones, la limosna, son necesarias. Funcionarían como uno de esos complementos vitamínicos que venden en farmacias.

El problema - uno de ellos-  del primer argumento es que no parece dar soluciones inmediatas; y a los que ahora tienen el problema  no es  de recibo decirles que deben sacrificarse en aras del progreso social.

Y el problema del segundo -uno de ellos- es el “MIENTRAS”.
¿Cuánto dura un MIENTRAS? ¿A qué unidad de tiempo es equivalente? ¿Puede un MIENTRAS erigirse en un muro infranqueable o, al menos,  en un freno? ¿Puede un MIENTRAS funcionar como desalmada coartada para los poderes públicos y para la propia población?  ¿Cuánto debemos esperar mientras…?

No veo gran diferencia, en lo esencial, entre decir que mientras no llegue el deseable Estado social son necesarias las donaciones o las limosnas, y pensar (seguramente inconscientemente), que mientras haya donaciones o limosnas, no es tan urgente luchar por el Estado social. O dicho más cruelmente,  es más fácil y menos agotador silenciar nuestra conciencia con una limosna, a manifestarnos por algo tan vaporoso como eso de ”la justicia social”. También es más sencillo aplaudir esas “generosas” donaciones a exigir cambios legislativos a los poderes públicos.

Si cultivamos la cultura de la limosna, bien sea a pie de calle –nunca mejor dicho-, o través de donaciones de fundaciones, de  millonarios o de concursos de televisión como la Marató de TV3, etc. me parece que ponemos en riesgo el avanzar en políticas redistributivas. Habrá que piense que ambos objetivos son compatibles. Técnicamente, tal vez, pero en la práctica tengo mis dudas.

Sobre Amancio Ortega, poco que me apetezca decir,  bueno, mártir y, sobre todo, explotador.

lunes, 19 de junio de 2017

El desfile



Tengo la costumbre de tomar notas de los libros que leo cuando me parece que merece la pena. Hace tiempo leí "Sociofobia" del siempre estimulante César Rendueles. En un pasaje del ensayo nos presenta la distribución de la riqueza en España como un desfile encabezado por los ciudadanos más pobres, que tendrían una estatura menor, y que finaliza con los más ricos, que aparecen como gigantes. Es una manera curiosa, casi divertida, si no fuera por lo tragedia que esconde, de presentar esta realidad. A continuación os dejo íntegramente el extracto del desfile.

"El desfile comenzaría con gente muy bajita cuya altura va creciendo lentamente. A los diez minutos las personas que pasan delante de nosotros apenas llegan al metro de altura (un salario de unos mil euros brutos). Poco a poco la altura va aumentando y al llegar a la media hora —o sea, la mitad del desfile—, la gente que pasa ya mide un poco más de metro y medio (mil quinientos euros brutos). Cinco minutos después por fin se alcanza la altura media de ciento setenta centímetros. La verdad es que el desfile es un espectáculo muy aburrido. La altura aumenta muy lentamente y son un montón de gente. A los cuarenta y ocho minutos empieza a pasar gente con aspecto de jugadores de baloncesto de hasta dos metros y medio (dos mil quinientos euros) y en los últimos cinco minutos vemos llegar a personas de más de tres metros. En el último minuto por fin las cosas se ponen interesantes. Aparece gente muy alta, el 0,5% de la población, de más de diez metros. Entre ellos Mariano Rajoy, que mediría unos quince metros Entonces pasan unos pocos miles de asalariados que en España ganan más de seiscientos mil euros al año. Primero los más bajitos, que miden unos cincuenta metros (como una piscina olímpica), entre ellos José María Aznar. Al final los superasalariados, como Alfredo Sáez, consejero delegado del Banco Santander, que gana nueve millones de euros al año y mediría setecientos cincuenta metros o el futbolista Cristiano Ronaldo, que gana un millón de euros al mes y mediría todo un kilómetro. Aun así, estas estaturas son relativamente bajas si las comparamos con las de los muy ricos, que pasarían como centellas en los últimos instantes del desfile. En este caso no hay salarios, claro. Pero si pensamos en una gran fortuna de unos mil quinientos millones de euros (por ejemplo las de Florentino Pérez o Alicia Koplowitz) que rindiera al año un modesto 4%, tendríamos una altura de cinco kilómetros, más que el Mont Blanc. Incluso si aplicamos un criterio aún más restrictivo (digamos, el 2% de rendimiento), en los últimos instantes del desfile pasaría a gran velocidad una masa inverosímil. Es Amancio Ortega, dueño de Inditex y uno de los hombres más ricos del mundo, que con una fortuna estimada en treinta y siete mil millones de euros mediría más de sesenta kilómetros y tendría dificultades para respirar porque su cabeza estaría en la mesosfera. Dicho al revés, si Florentino Pérez midiera un metro setenta, una persona normal sería como un ácaro, o sea, invisible. Si tomáramos en consideración el patrimonio, las desigualdades serían mucho mayores, al igual que si el desfile fuera mundial. Grosso modo, unas mil doscientas personas tienen un patrimonio de más de mil millones de dólares en todo el mundo, sobre una población global de siete mil millones de personas y con unos ingresos medios mundiales de unos dieciocho mil dólares."


De "Sociofobia", César Rendueles


sábado, 1 de abril de 2017

La niñas que no entendían de racismo





Quiero referir la sensación que tuve hace unos días cuando mi sobrina Carla, que tiene ocho años,  me enseñó en el teléfono móvil un corto que se ha hecho viral en la red.

Se trata de un corto griego llamado “Jafar”.  En la sala de espera de una clínica se encuentran, aparentemente por casualidad, un joven de apariencia árabe con un matrimonio y su hija, que podría tener ocho años. Estos últimos muy blanquitos y muy respetables. La niña, ingenuamente, se sienta al lado del joven árabe, y rápidamente los padres la recolocan lejos del mismo, guardando todos ellos distancia respecto del joven. En la siguiente escena hacen entrar a todos en la sala del médico, y éste les presenta al donante de médula de su hija, que no es otro que Jafar, el árabe.
Moraleja: no debemos ser racistas.

Pero yo no quería escribir exactamente sobre el corto; hay multitud de ellos con mensajes similares. Yo quería contar lo que sentí cuando le pregunté a mi sobrina si había entendido el vídeo. Me miró con cara de pero-qué-se-cree-este-que-soy-tonta, y espetó: pues claro.
Explícamelo- la desafié. Pues –dijo más o menos- es de unos padres que tienen una niña que está enferma… y necesitaban un trasplante de algo,… y el chico se lo dio.
¿Eso es todo?-le dije. Sí - me contestó mi sobrinita, no sin cierto mosqueo. Yo iba esbozando una sonrisa, y mi mujer que estaba presenciando la escena le preguntó: Carla, ¿qué pasa al principio, en el sofá? Y ella respondió: no sé, que se hacen un lío,  no saben cómo sentarse,…

Creo que mi sonrisa se hizo más amplia, y que con ella pude abrazar a mi sobrina. Es maravilloso: ¡no ha entendido el vídeo, no lo ha entendido! ¿No es adorable?...

Tampoco la niña del vídeo, que espontáneamente se sienta al lado del joven árabe, sabe qué es racismo.

Los niños –los seres humanos- de manera natural no somos racistas, ni xenófobos, es necesario un aprendizaje para serlo. Y otro, en sentido contrario, para dejar de serlo. A lo largo de nuestras vidas estamos constantemente sometidos a mensajes, en ocasiones claros y en otras sutiles, que engendran o refuerzan el sentimiento de rechazo hacia otras personas o, mejor dicho, hacia otros grupos de personas. Las pretextos pueden ser varios: la raza (el racismo), la nación (la xenofobia) o la clase social (el clasismo), pero el resultado es siempre pernicioso e indeseable.

Algún día, más pronto que tarde, mi encantadora e ingenua sobrina entenderá el vídeo. Habrá interiorizado el rechazo que grupos de seres humanos sienten por otros grupos. No sé cómo digerirá esa información, y si serán necesarias varias digestiones, pero espero que sea una persona tolerante y libre de estúpidos e interesados prejuicios.

Por el momento, nosotros seguiremos disfrutando de su candor.



sábado, 25 de marzo de 2017

Gijón, città aperta


Ayer Gijón era una ciudad ocupada por las Fuerzas de Seguridad del Estado. Un despliegue policial sin precedentes, al que no estamos acostumbrados por estos hórreos. La razón argüida era el supuesto riesgo para la seguridad ante un partido de fútbol donde jugaba la selección de Israel.

Veamos los antecedentes. En enero de 2016, el pleno del Ayuntamiento de Gijón aprobó con los votos de Izquierda Unidad, Xixón Sí Puede y PSOE una declaración formal denunciando la violación sistemática de los derechos humanos por parte de Israel. Pero, la designación de Gijón como sede del partido de fútbol España-Israel llevó a que el pasado 9 de marzo, el Ayuntamiento, con lo votos de PSOE y Foro Asturias, revocara el acuerdo favorable al BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones, contra la colonización, el apartheid y la ocupación israelí).

La plataforma TARJETA ROJA A ISRAEL convocó para ayer, coincidiendo con la presencia de la selección israelí, una manifestación contra el Estado de Israel.

Salvo en la manifa, yo no vi muchos policías. Se encontraban -según airearon los medios- en los sitios calientes (¡guau!): estaciones de tren, estación de autobuses y aledaños de El Molinón.  Eso sí, no pude librarme en toda la tarde del molesto kra-kra-kra… de los rotores del helicóptero de la Benemérita.


¿De verdad era necesario todo este despliegue? 

Todo me parece muy exagerado. Cada vez que se produce una de estas Mise-en-scène me cuestiono si obedece realmente a peligros reales o potenciales, o, si por el contrario, hay otras razones ocultas. A veces también me pregunto hasta qué punto los propios actores (los policías, la guardia civil,…) son conscientes de que sólo están actuando…No lo creo, a tenor del realismo de sus actuaciones. 

Vale, no siempre es teatro; a veces efectivamente nos protegen de los malos –¡por favor, que alguien me diga quiénes son los malos!-. Pero, me apostaría un guisante a que la mayoría de las veces, lo que se busca es transmitir a la ciudadanía  ciertos mensajes. Por ejemplo, presentar como peligrosos a quienes, salvo excepciones, se manifiestan pacíficamente contra el orden establecido. O, como en este caso, contra un Estado que inflige terror (¿Estado terrorista?)

En una sociedad donde todo es espectáculo, o susceptible de serlo, las demostraciones de fuerza tienen también su cometido. 

En una sociedad donde, como cantaría Serrat,  ellos dicen lo que es malo y lo que es bueno (y quiénes son los malos y quiénes, los buenos), parece, no obstante, necesario recordarlo a cada instante. Propaganda por un lado: obsérvese el tendencioso, as usual, tratamiento que periódicos asturianos y estatales han dado a la lógica respuesta de repulsa a la visita de la selección israelí. Y, por otro lado, uniformes, porras, pistolas y helicópteros para lo que no saben leer la prensa y entender el telediario. Y de paso, para enviar un mensaje a la mayoría dócil, gente de orden y de bien; no se les ocurra ni por un instante coquetear con el bando contrario.

Ayer, como era previsible, la manifestación fue pacífica. El Molinón, que se llena cada domingo que juega el Sporting, registró una triste entrada para ver a la Selección. Creo que el partido lo ganaron los buenos…





miércoles, 18 de enero de 2017

La santa espina



Resulta desolador que a estas alturas todavía tengamos que estar discutiendo temas que uno, ingenuamente, piensa que ya deberían estar superados.

La escena ocurrió hace unos días en un aula de la E.O.I de Gijón,  pero bien podría haber tenido lugar en Burgos, en Sevilla o en Cuenca. Fue hace unos días, pero la esencia de la discusión la podríamos encontrar en esos mismos lugares (y muchos otros) hace cien años, y, me temo, también dentro de otros cien, si todavía no hemos acabado con el planeta, y España sigue estando situada donde Dios la puso: en el centro del mundo, como explicaban los libros de Historia de la época franquista.

Una compañera de inglés que trabaja como profesora interina de FOL, y que está presta a seguir presentándose a las oposiciones de Secundaria allá donde se convoquen, se lamenta de que en determinadas comunidades se exija el conocimiento de la lengua propia (catalán, vasco o gallego). Yo decido tomar aire y contar hasta diez. Otra compañera suscribe esa declaración, y matiza, en un alarde de generosidad, que entendería –usa muy bien el condicional y el subjuntivo- que el conocimiento de esas lenguas sirviera para mejorar la nota del examen, sin que, en ningún caso, fuese un conocimiento exigible. Para acabarlo de adobar, perdón, quiero decir, para rematarlo, otra compañera, en lo cada vez más se asemeja a un aquelarre españolista, dice que efectivamente es injusto e inconstitucional (sic) que viviendo en el mismo país no puedan presentarse a oposiciones en esas comunidades donde hay lengua propia.

Sabedor de que mi opinión, en este contexto, está en absoluta minoría, no puedo evitar dar mi punto de vista. Para empezar, corrijo a la compañera que dijo que el resto de españoles no se podían presentar a las oposiciones en esos territorios periféricos. ¡Por supuesto que se pueden presentar! Cosa distinta es que carezcan de algunos de los requisitos exigidos en la convocatoria de empleo público. En todas las convocatorias existen siempre determinados condicionantes que no todo ciudadano español o europeo cumple. Si quieres ser juez o fiscal se te exigirá la licenciatura o el grado en Derecho, ¿alguien lo discute? ¿alguien considera ese requisito injusto o inconstitucional? No, porque no lo es.

Todo el mundo comprende que se exija para ciertos puestos una preparación específica y acreditable en un campo concreto, o un nivel de estudios determinado. Sin embargo, el tema de la lengua propia no se acaba de entender.

Creo que el problema de fondo es que en muchos españoles persiste una determinada visión de España, homogénea, uninacional, y –aunque no sean conscientes de ello- también centralista, que no comulga en absoluto que las sensibilidades nacionales de algunos territorios periféricos. Son personas que a menudo despotrican también de las Autonomías, culpables de todas nuestras desgracias. No acaban de entender que el Estado español es plurinacional, y pretenden reducir a meros particularismos locales, a  un mero colorido folclórico las lenguas, negando asimismo una historia propia de esos territorios. El catalán, por ejemplo, sería como la sardana, una curiosidad local. Lo toleran mientras lo hablen en la intimidad pero, ¡de ahí a exigir su conocimiento, habiendo ya una lengua tan común e indivisible para todos los españoles! Parece que esa es su manera de pensar…

Ante este panorama tan falto de comprensión, tan arrogante, tan arturoperezrevertiano,  ¿todavía les sorprende que haya ciudadanos de esas regiones que deseen divorciarse del Estado Español?


sábado, 3 de diciembre de 2016

Cuando las máquinas nos alcancen...
















La primera vez que vi en un supermercado uno de esos llamados cajeros autoservicio donde una máquina que, sin intervención divina ni humana, lee precios, permite pagar y devuelve cambio fue en Londres, hace ya algunos años. Cuando lo vi pensé: Oh, my God!... si esto prolifera, se destruirán muchos puestos de trabajo.

Cuando regresé a Asturias no dije nada a nadie no fuera a prender la idea.” What happens in London stays in London”.  Pero fue  inútil, poco después vi otra de esas colas rápidas en un Carrefour de Gijón.

La idea de las innovaciones tecnológicas como destructoras de puestos de trabajo es antigua. Por no ir demasiado lejos en el tiempo, a principios del siglo XIX los llamados luditas, que eran artesanos ingleses, protestaron contra la introducción de máquinas, como los telares industriales, que amenazaban con reemplazar sus puestos de trabajo. Su ira contra las máquinas los llevaba a destruirlas. Esta forma de extorsión ha sido bautizada por el historiador  inglés Eric Hobsbawm con el simpático nombre de  negociación colectiva por disturbio.

Gasolineras sin gasolineros, bancos y servicios financieros on-line, máquinas expendedoras, compras por internet (por ejemplo, Amazon)  son solo algunos ejemplos de cómo sustituir trabajadores por tecnología. En lenguaje económico, reemplazar factor trabajo –que suele ser más caro, conflictivo, enfermizo, absentista, y todo lo que ustedes quieran- por factor capital, que suele ser mucho más agradecido y limpio. 

Algunas personas, todavía con conciencia de clase, tratan de no favorecen esas innovaciones destructoras de empleo, declinando, en la medida de lo posible –que cada vez es menor- ese tipo de servicios o productos. Yo mismo evito los cajeros autoservicio, y busco constantemente el contacto humano…

Sin embargo, me parece que esa es una batalla perdida. Los luditas no acabaron con la Revolución Industrial, como tampoco los campesinos ingleses pudieron evitar que pusieran, literalmente, puertas al campo cuando se extendieron los enclosures. Por otro lado, tampoco me parece que debamos ir en contra, por principio, de la tecnología, al contrario. Me parece que las luchas sociales – e incluyo aquí el desafío de preservar el planeta- debe ir por otros derroteros.

Por ceñirme al tema puestos de trabajo-tecnología. Es cierto que en una primera etapa las innovaciones tecnológicas, no menos que otros factores, destruyen puestos de trabajo. Pero, si  estos son penosos, bienvenida la tecnología, ¿no? Por otro lado, es un hecho que las nuevas actividades crean nuevos puestos; aunque también hay que decir que existe un periodo de adaptación en el que muchos trabajadores son expulsados sin retorno del mundo laboral. Por ejemplo, durante la Revolución Industrial fueron necesarios unos ochenta años para ese reajuste.

Para la mayoría de los mortales, que ni somos ricos ni tenemos previsto serlo en breve, el trabajo asalariado se presenta, en teoría, como la única manera de sobrevivir. ¿He dicho sobrevivir? Qué triste, ¿no? ¡Yo quiero vivir!

La supervivencia en un entorno social –no en uno natural- hostil es un rasgo de nuestra época. Como bien explica Polanyi es su imprescindible “La gran transformación”, en épocas preindustriales era rarísimo que alguien muriese de hambre, a no ser que el hambre afectara a toda la comunidad. Los lazos de solidaridad -en esa época tal vez sería más acertado llamarlo caridad- superaban los estrechos vínculos familiares donde hoy todavía se mantienen. Como diría Margaret Thatcher, la sociedad no existe, solo existen individuos y familias. Durante las últimas décadas de triunfante neoliberalismo, este pernicioso individualismo nos lo han inoculado hasta el tuétano.

Si el único horizonte del común de los mortales es lograr un empleo lo menos precario posible, tenemos un problema. (El problema se llama capitalismo, pero esa es otra historia)
Para tratar de resolver esta problemática existen diversas propuestas, que no son en absoluto incompatibles.

Algunos proponen una Renta Básica Universal para acabar con ese cuello de botella que es el trabajo asalariado, el empleo. Otras propuestas pasan por reducir las horas de trabajo para que puedan trabajar otros. También es posible –y deseable- crear puestos en el hoy herido de muerte Estado del Bienestar. El problema de esto último es decidir quiénes van a sufragar estos servicios. Al sector privado sólo le interesará mientras obtenga beneficios, y ello pasa por más empleos precarios. Además, tiene el problema añadido de que el acceso sólo es posible para quien pueda permitírselo. Si va a ser el sector público –creo que ese es el camino- habrá que aumentar la presión fiscal y de manera progresiva (quien más gana -proporcionalmente- más impuestos debe pagar).

Vaya, empecé hablando de las colas rápidas y termino con la necesidad de impuestos progresivos. ¡Qué coses, ho!