sábado, 19 de enero de 2019

La Enciclopedia Larousse




Yo no me crié en un ambiente intelectual precisamente. Mis padres pertenecían a una clase trabajadora sin demasiada conciencia de clase y con poca cultura. Estudios primarios, leer y escribir y cuatro cuentas. Mi madre también aprendió costura en la escuela. Cosas del franquismo. En ese erial intelectual no sé de dónde demonios salió mi interés por aprender cosas, pero el caso es que ya desde pequeñito sentí la llamada de la selva.

Recuerdo mi primer diccionario escolar en lengua castellana, un Sopena. Todavía lo conservo, con las tapas raídas por el tiempo. A la tierna edad de trece años descubrí que ese modesto diccionario era insuficiente. Necesitaba algo más, precisaba un diccionario mayor donde poder buscar países, ciudades, personajes históricos, órganos reproductores,  cualquier cosa que me viniera a la cabeza.

Con la paga que me daba mi abuela materna fui ahorrando para comprarme una enciclopedia. Para ser honestos, he de decir que había ahorrado 19.000 pesetas y que el compendio del saber costaba a la sazón 40.000 pesetas. La diferencia la puso la abuela.(Según la calculadora del IPC del INE, esa enciclopedia costaría hoy unos 1265 euros). Así fue cómo entró la cultura en aquel páramo que era el salón de mi casa.

Durante años esa enciclopedia, que tiempo más tarde descubrí que era ideológicamente muy conservadora -o sea, carca-, colmó mi sed de conocimiento. Pasaba ratos encandilado hojeando esos diez mamotretos que formaban la Enciclopedia Larousse. Ocupaban un lugar privilegiado en el mueble del salón, y en mi vida.

Ya de adulto, cuando me trasladé a Gijón, de eso hace ya dieciocho años, me traje mi vieja enciclopedia. La tengo en la biblioteca del salón, pero ya no está en un lugar privilegiado, sino en la estantería más baja, a ras del suelo, casi sepultada. La conservo por cariño y, tal vez, por nostalgia. Hoy en día es un objeto enteramente inútil, como tantos que todavía habitan en nuestros hogares (hijos aparte).

En ocasiones Laura, mi mujer, me ha sugerido que me desprenda de esos tomos obsoletos, y que los arroje al contenedor azul; las brigadas del reciclaje se ocuparían de darles una muerte digna. El saber –en este caso- sí ocupa lugar y a ella le parece que la estantería más diáfana estaría más mona. Seguramente tiene razón, estaría más mona, pero si me desprendiera de la Enciclopedia Larousse me despojaría también de parte de mis memorias, o sea, de mi vida, y no sé si quiero dar ese paso. Lo siento, cariño.



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