No te lo dije en su
momento porque no quería aumentar tu aflicción, pero el otro día cuando
llegamos a casa tras el viaje desde Barcelona acudió a mis pensamientos una
reflexión triste y nueva. Empezó a gestarse mientras conducía atravesando la
noche desde el aeropuerto, se acrecentó en el ascensor de casa; y se hizo
vívida y elocuente cuando abrí la puerta de la vivienda y nos saludó la
soledad. Una amarga sensación de orfandad se apoderó de mí.
Supongo que en nuestro
inconsciente colectivo subyace la idea de que todo viaje entraña un riesgo, de
ahí que los seres más queridos estén pendientes de la confirmación de que has
llegado bien. Cuando mi madre vivía debía avisarla aunque fuese tarde, de lo
contrario no podía dormirse. Cuando mamá murió dejó de preocuparse. Entonces
quedaba la tuya. Suelen ser las madres las que velan por nosotros; los padres son,
en general, más descastados. Es la primera vez –se clavó esta frase
en mi pensamiento- que nadie va a estar
pendiente de si hemos llegado bien a casa. ¡Y pensar que aborrecía ese
estúpido ritual de tener que confirmar la llegada! Pero está claro que los
rituales son importantes porque, entre otras cosas, nos recuerdan que vivimos
en comunidad, que no estamos solos, y cuando estos no son precisos…
Una vez en casa
arrojamos el ligero equipaje sin tino, abrimos la llave de paso del agua y
preparamos algo de cena: unos huevos, no había más.
De repente sonó en mi
móvil un aviso de wasap, podía ser cualquier insignificancia, la mayoría de
mensajes de wasap lo son, sobre todo cuando uno está en grupos. Pero no, era
una voz amiga que nos preguntaba si habíamos llegado bien a casa. No era mi
madre ni la tuya, pero era alguien que sabía que ese día viajábamos y que era
consciente de que todo viaje entraña un riesgo.
O simplemente pensó que
seguramente agradeceríamos esa sencilla muestra de afecto.
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