domingo, 12 de abril de 2026

Todo viaje entraña un riesgo


No te lo dije en su momento porque no quería aumentar tu aflicción, pero el otro día cuando llegamos a casa tras el viaje desde Barcelona acudió a mis pensamientos una reflexión triste y nueva. Empezó a gestarse mientras conducía atravesando la noche desde el aeropuerto, se acrecentó en el ascensor de casa; y se hizo vívida y elocuente cuando abrí la puerta de la vivienda y nos saludó la soledad. Una amarga sensación de orfandad se apoderó de mí.

Supongo que en nuestro inconsciente colectivo subyace la idea de que todo viaje entraña un riesgo, de ahí que los seres más queridos estén pendientes de la confirmación de que has llegado bien. Cuando mi madre vivía debía avisarla aunque fuese tarde, de lo contrario no podía dormirse. Cuando mamá murió dejó de preocuparse. Entonces quedaba la tuya. Suelen ser las madres las que velan por nosotros; los padres son, en general,  más descastados. Es la primera vez –se clavó esta frase en mi pensamiento- que nadie va a estar pendiente de si hemos llegado bien a casa. ¡Y pensar que aborrecía ese estúpido ritual de tener que confirmar la llegada! Pero está claro que los rituales son importantes porque, entre otras cosas, nos recuerdan que vivimos en comunidad, que no estamos solos, y cuando estos no son precisos…

Una vez en casa arrojamos el ligero equipaje sin tino, abrimos la llave de paso del agua y preparamos algo de cena: unos huevos, no había más.

De repente sonó en mi móvil un aviso de wasap, podía ser cualquier insignificancia, la mayoría de mensajes de wasap lo son, sobre todo cuando uno está en grupos. Pero no, era una voz amiga que nos preguntaba si habíamos llegado bien a casa. No era mi madre ni la tuya, pero era alguien que sabía que ese día viajábamos y que era consciente de que todo viaje entraña un riesgo.

O simplemente pensó que seguramente agradeceríamos esa sencilla muestra de afecto.