miércoles, 27 de abril de 2011

Toponimia sentimental: El "Juan Sebastián Elcano"



Es cierto que en sentido estricto el nombre de un buque no es un topónimo, pero cuando uno ha vivido intensamente allí casi un año -seis meses navegando- la cubierta de un barco es lo más parecido a una patria. Un país diminuto mecido por el océano.


Me enrolé en el Juan Sebastián Elcano, un bergantín goleta, porque era una posibilidad única de conocer mundo, y porque con veinte años se tienen muchas ganas de vivir y muy pocas ataduras que cortar.


Corría el año 1989 y mis primeras impresiones del barco fueron desalentadoras; un amasijo de cabos, herramientas, botes de pintura,… por los que se hacía difícil caminar. Algunos marineros, agoreros, presagiaban que aquel cascarón no iba a resistir tempestades y que acabaríamos todos en el fondo del mar. Se equivocaban; el Juan Sebastián Elcano, a pesar de sus años, era un excelente navío. La marinería congregaba gentes de lo más variopinto y de toda la geografía española: andaluces, gallegos, aragoneses, catalanes, castellanos, vascos,…con historias y formación bien distintas: desde licenciados universitarios hasta casi analfabetos. Allí dormíamos todos en el mismo sollado y comíamos en las mismas mesas igualados por el blanco y el azul del uniforme. Lo raro era conocerse por el nombre; lo más común era un mote –muchas veces un topónimo- o por el apellido. Así, atendiendo a su procedencia había un Lepe, un Sevilla, un Sevillita -éste era un alfeñique-, un Alhaurín, un Alcobendas, un Alcañiz, un Córdoba, etc.


Zarpamos de Cádiz un 10 de enero, creo recordar, de 1990. Delante de nosotros teníamos una larga travesía de seis meses atracando en puertos del Atlántico, Caribe, México y Estados Unidos. La casualidad hizo que mi destino en el barco fuese el de marinero de cubierta: el sol, el mar, el viento, las nubes y las noches estrelladas me acompañarían durante todo el viaje. Los marineros destinados en máquinas, atrapados en las entrañas del barco, vivirían una experiencia muy distinta. Entre mis labores, aparte del mantenimiento (pintar, limpiar, baldear la cubierta,…) era fundamental bregar con el aparejo del barco: plegar y desplegar velas, amurar a barlovento, subir a las gavias,…El silbato del contramaestre marcaba las acciones y los tiempos. La vida a bordo era dura, entre horarios de trabajo y guardias apenas disponíamos de tiempo libre. En esos ratos de descanso aprovechábamos para escribir a las familias, novias, amigos, y para añorarlos.


El régimen militar no estaba hecho para mí; la supervivencia pasaba por morderse la lengua en más de una ocasión; alguna vez me debió sangrar. En una ocasión tuve la osadía de discutir una orden a un cabo porque me parecía absurda – ¡yo sólo trataba de razonar!-. Me arrestó por ello. Las anécdotas del viaje son innumerables y, a veces, indecibles,… quedan para mí. Recuerdo el anhelado día en que me licenciaron: petate al hombro y la imagen, ya en el tren, de la arboladura de Elcano alejándose de mi vida. Saludé a la que había sido mi patria durante casi un año con mi puño totalmente cerrado y el dedo corazón enhiesto cual el palo de mesana. El paso del tiempo ha tamizado cuanto de negativo hubo en esa experiencia y ya sólo conservo recuerdos agradables y algunos amigos a los que tengo en gran estima.


Todavía hoy puedo rememorar esos momentos de descanso en el castillo de proa; contemplar las velas preñadas del viento, oír los latigazos del velamen y sentir la brisa del mar sobre mi rostro. Allí sentados contábamos los días que quedaban para el próximo puerto, e imaginábamos qué agradables sorpresas, algunas con faldas, nos aguardarían.